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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 692

Al final del pasillo, fuera de la oficina, el viento helado golpeó de lleno los rostros de todos, arrastrando consigo algunos copos de nieve.

Gisela no era especialmente sensible al frío, pero igual aquel viento le caló hasta el fondo, haciéndola estremecerse. Se resguardó en el recodo de las escaleras del edificio.

Nicolás y Lola parecían haberse quedado paralizados de miedo, de pie en plena corriente de aire, sin moverse ni un poquito. No fue hasta que Gisela les hizo una seña con la mano que se animaron a acercarse, aunque sus miradas seguían llenas de duda y recelo.

Apenas estuvieron cerca, Nicolás y Lola intercambiaron una mirada rápida. Nicolás giró la cabeza y, en voz baja, con tono de advertencia, le soltó a Gisela:

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de nosotros?

Gisela arqueó una ceja, cruzó los brazos y se recargó en la pared de forma despreocupada.

—Tal vez… ¿les suene el nombre de Romina?

Mientras hablaba, Gisela los observó con atención, sin perderse la reacción de ambos: fingieron calma, pero en el fondo de sus ojos cruzó un destello de temor y sorpresa.

Los dos negaron de inmediato.

—No sé de quién hablas, ni siquiera he escuchado ese nombre.

—No la conocemos, seguro te confundiste de personas.

Nicolás dio un paso al frente, protegiendo a Lola detrás de él. Levantó la barbilla, intentando mostrarse firme, y dijo con voz desafiante:

—Te equivocaste de personas, será mejor que te vayas ya. Los papeles que entregaste no prueban nada, deja de acusarnos sin sentido.

Gisela lo miró de arriba abajo, soltando una risita.

—Nicolás… así te llamas, ¿no?

Sus rostros cambiaron sutilmente. Nicolás apretó los puños.

—Te confundes, mi nombre es Ernesto.

Lola, alterada, se adelantó:

—Ya te dijimos que no somos quienes crees, deja de insistir—

—¿Y tú eres Lola? —Gisela la interrumpió sin inmutarse.

—¿Qué es lo que quieres de nosotros?

Gisela guardó los documentos en la carpeta, organizando el grueso fajo de papeles en sus manos frente a ellos.

—Voy al grano: la evidencia que entregué apenas es una parte. Si llego a entregar todo esto, lo de sus identidades falsas para entrar a la escuela va a salir a la luz, y no van a poder ocultarlo más.

Gisela los miró directo, con una serenidad que ponía los pelos de punta.

—He investigado bastante sobre su pasado: desde el kínder, la primaria, secundaria, hasta la universidad… Todo está aquí. No entregué todas las pruebas porque quiero darles una oportunidad. Depende de ustedes si la toman o la dejan pasar.

La sorpresa y el susto en los ojos de Nicolás y Lola ya no podían disimularse.

—¿Por qué te ensañas con nosotros? Espera, ¿cómo averiguaste todo esto? ¿Quién te contó? —preguntó Nicolás, casi suplicando respuestas.

Aquel miedo era real, casi palpable.

De la nada, en medio de su vida tranquila, había aparecido alguien que nunca antes habían visto y que, para colmo, les aseguraba saber tanto sobre ellos.

Era como si esa persona los hubiera estado observando desde las sombras durante años. Ellos ni siquiera sabían de su existencia, mucho menos de sus intenciones…

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