Los dos policías junto a Rubén se acercaron de inmediato, lo sujetaron con fuerza de los hombros y le hablaron al oído con tono bajo y severo.
No lo soltaron hasta que Rubén empezó a encogerse, doblando el cuerpo sobre sí mismo, y su expresión volvió a la habitual, tan vacía como antes. Solo entonces los policías aflojaron la presión y regresaron a su sitio, atentos a cualquier movimiento.
Gisela se acercó despacio, y se sentó frente a Rubén.
Él se inclinó hacia adelante, los ojos clavados en ella, y con la mano temblorosa levantó el auricular que tenía a un lado.
Gisela aún no había tomado el suyo, sólo pudo ver cómo Rubén le hacía señas con los labios para que contestara la llamada. Sus labios temblaban tanto que cada palabra parecía a punto de quebrarse.
Con calma, Gisela levantó el auricular y, apenas lo acercó al oído, la voz de Rubén le llegó áspera y cruda, como un rugido contenido.
—¿Quién eres tú?
—Gisela.
Su voz era tan serena como su mirada; no mostraba ni una pizca del nerviosismo feroz que Rubén intentaba disimular, pero que le ardía en los ojos.
Rubén se apresuró a responder:
—No te conozco.
—Soy amiga de Alejandra —contestó Gisela.
Rubén apretó los dientes y se le tensaron los músculos de la cara.
—¿Qué quieres?
Gisela sonrió, una mueca ladeada en los labios.
—¿Tú qué crees? Sé muchas cosas sobre ti, Rubén. Incluyendo lo de tus hermanos, los que desaparecieron.
Rubén comenzó a respirar con dificultad. Se humedeció los labios resecos y balbuceó:
—¿Tú… tú cómo lo sabes? Yo lo he ocultado muy bien, nadie puede saberlo… ¿cómo te enteraste?
—¿Te parece tan difícil? —replicó Gisela, arqueando una ceja—. Y sé aún más. Deberías preguntarte quién pagó los estudios de tus hermanos fuera del país. Ya casi terminan la universidad, ¿verdad? Si la escuela descubre la verdad sobre sus identidades, ¿te imaginas lo que podría pasarles?
De pronto, el ánimo de Rubén se desbordó. Golpeó la mesa con la mano abierta, se puso de pie de un salto y fulminó a Gisela con la mirada. Apretando el auricular con los nudillos blancos, gritó al micrófono:
—¿¡Qué quieres hacer!?
Enseguida, los dos policías lo sujetaron de nuevo, lo forzaron a sentarse y le inmovilizaron los brazos.
Rubén masculló entre dientes:
—No los toques…
—Puedes negarlo si quieres, Rubén. Puedes negarlo todo, como siempre. Pero deberías entender que por negar las cosas, tus hermanos podrían enfrentarse a consecuencias que ni te imaginas.
—Tú y yo sabemos lo que pasó. Puedes mentirle a cualquiera… pero conmigo no te va a funcionar.
Rubén volvió a jadear, incapaz de responderle.
Gisela habló con una calma implacable:
—Mañana tengo que ir a Santa Clara por trabajo.
Apenas oyó el nombre de la ciudad, Rubén se alteró otra vez.
—¿A qué vas?
—Escucha lo que tengo que decir —intervino Gisela, cortante.
Rubén se pasó la mano por la cara, con la respiración agitada.
—Habla.
Gisela se mantuvo firme:
—Te voy a dar dos opciones, Rubén. La primera: sigues como hasta ahora, negándolo todo, mintiendo, tapando a quienes están detrás de esto. Si eliges ese camino, cuando llegue a Santa Clara voy a ir a ver al director de la universidad, le voy a platicar todo sobre tus hermanos y, de paso, le voy a entregar los documentos reales que prueban quiénes son.

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