¿Entonces quién fue el que ayudó a Nicolás y Lola a cambiarse el nombre, desaparecer como si nada y conseguir el ingreso a una universidad en el extranjero, además de pagarles varios años de colegiatura?
Aparte de Romina, Gisela no lograba imaginar a nadie más.
Ahora todo tenía sentido: por eso, después de graduarse de la universidad, ambos desaparecieron de manera extraña; por eso Rubén dejó de buscarlos tras un mes; por eso se desvivía por Romina.
Por eso Rubén fue capaz de hacer algo tan despreciable.
Con el nivel de Rubén, era impensable que pudiera mandar a sus hermanos a continuar sus estudios fuera del país, y mucho menos costearles la colegiatura y los gastos de vida.
Solo Romina pudo haberle echado la mano.
Al llegar a este punto, Gisela tuvo que reconocer la astucia y paciencia de Romina. Todo este entramado, solo para conseguir la partitura de piano de Alejandra… Vaya que se había tomado su tiempo.
Gisela, después de revisar todos esos documentos, dibujó una sonrisa sarcástica en sus labios.
Levantó la mirada y le habló al chofer:
—Llévame a la comisaría de Barrio Alborada.
—Enseguida, señorita Gisela.
Al entrar a la comisaría, una oficial que ya la conocía se le acercó.
—¿Vienes otra vez a ver a Rubén?
Y es que Gisela llevaba días yendo cada tanto. Siempre solicitaba verlo, pero cada vez se topaba con la misma negativa.
Gisela asintió. La oficial le dio unas palmaditas en el hombro y suspiró.
—Voy a preguntar por ti, pero no te hagas muchas ilusiones, seguro te dicen lo mismo de siempre.
Al terminar, la oficial ya se iba cuando Gisela la detuvo.
—Espere, ¿puede hacerme un favor y darle un recado?
La oficial la miró con extrañeza.
—¿Qué recado?
Gisela sonrió apenas.
—¿Podría preguntarle si conoce a Ernesto y Regina?
—Oficial, ¿me deja platicar un rato con él primero?
La oficial resopló, todavía dudosa, y soltó el brazo de Gisela.
—Bueno, pero no me vayan a armar un lío aquí.
—No se preocupe, lo prometo.
...
Apenas entró al área de visitas, Gisela vio enseguida a Rubén, sentado tras una pared de vidrio grueso.
Rubén tenía treinta y cuatro años, pero se veía avejentado, con la camisa de rayas azul con blanco, cuerpo delgado y encorvado, la piel marchita, ojeras profundas, mejillas hundidas y la barba crecida, descuidada. Toda su apariencia transmitía un aire de abandono y derrota.
El resultado de la investigación médica ya había salido: Rubén y sus colegas habían cometido un error grave, de consecuencias penales, y no tenía esperanzas de salir pronto de la comisaría.
Era la primera vez que Gisela lo veía en persona. Sus ojos permanecieron impasibles, sin una pizca de nerviosismo.
Rubén, en cambio, cuando la vio entrar, abrió los ojos de par en par, llenos de turbación. Golpeó la mesa con ambas palmas, la respiración se le aceleró mientras la seguía con la mirada, inquieto, como si su mundo se tambaleara con cada paso de ella.

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