Gisela arrugó un poco la frente, lista para pedirle a Xavier que dejara de hacerse el sentimental, cuando de repente él le apretó el hombro con fuerza.
—Pero bueno, tampoco estoy tan mal, ¿eh? Tengo buen ojo, hace cinco años ya te había visto como alguien con mucho potencial.
Xavier se veía tan satisfecho consigo mismo que hasta acomodó el cuello de su camisa con aire presumido.
—La verdad, soy todo un crack.
Gisela solo pudo rodar los ojos.
Ya lo sabía.
Xavier le dio un empujón amistoso en el hombro.
—Entonces, ¿qué piensas hacer?
Gisela bajó la cabeza y miró su celular.
—Voy a seguir investigando poco a poco.
Xavier la miró con seriedad.
—Te lo digo en serio, si necesitas algo, lo que sea, házmelo saber. No me pongas a adivinar, ¿va?
Gisela esbozó una sonrisa ligera y le dio una palmada fuerte en el hombro.
—Por supuesto. Fue con lo de Hernán que me di cuenta de que sí sirves para algo. Si necesito tu ayuda, te lo voy a decir.
Xavier la miró con gesto solemne y le apretó el hombro, como si fueran dos hermanos sellando un pacto importante.
—Así se habla, hermano. Con eso ya me dejas tranquilo.
Gisela no aguantó la risa.
—Estás loco, de verdad.
Abrió el sobre y sacó la información.
La historia familiar de Rubén era sencilla: sus padres eran obreros, un hombre y una mujer trabajadores, con un hijo menor y una hija menor, gemelos. Con lo poco que ganaban apenas y les alcanzaba para salir adelante. El papá de Rubén murió cuando él tenía seis años, tras una explosión en la fábrica donde trabajaba. La mamá se salvó solo porque ese día le tocaba descanso.
Desde entonces, la familia quedó a cargo de la mamá y su sueldo apenas suficiente. Por suerte, tanto Rubén como sus hermanos habían salido muy estudiosos. Siempre tenían los mejores promedios. Rubén hasta consiguió una beca para estudiar en el extranjero, y mientras él hacía su doctorado, sus hermanos lograron entrar a buenas universidades.
Todo parecía ir bien, hasta que Rubén llevaba dos años trabajando.
En ese momento, sus hermanos menores, recién graduados, desaparecieron al mismo tiempo. Rubén y su madre pusieron la denuncia ante la policía, pero nunca obtuvieron respuesta.
Lo más curioso era que la desaparición de los hermanos coincidía casi con la fecha en la que Rubén había tomado el puesto que antes ocupaba la abuela de Alejandra. La diferencia era de apenas un mes.
Gisela pasó la página. La siguiente hoja era información detallada sobre los hermanos de Rubén, registrando cada evento importante desde su nacimiento hasta el día en que desaparecieron. Después de eso, solo quedaban los anuncios de búsqueda que Rubén y su mamá habían puesto, además del reporte de personas desaparecidas en la policía, sin ningún otro avance.
Aún más extraño, después de buscar solo un mes, Rubén y su mamá abandonaron la búsqueda. Ni siquiera siguieron pegando anuncios. Según los vecinos, ambos ya habían perdido toda esperanza y decidieron dejar de gastar tiempo en buscar a quienes ya no volverían.

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