Como si solo al ver la luz encendida en la oficina de Gisela, Xavier sintiera que por fin había llegado a casa.
En el camino, ambos platicaron animadamente.
—¿Por qué saliste tan tarde hoy? ¿Has estado muy ocupada últimamente? —preguntó Xavier.
Gisela no ocultó nada:
—Logré comprar los derechos de la franquicia del centro de juegos, así que el proyecto de Coneja Rosita vuelve a arrancar. Queremos lanzarlo el próximo mes, y la verdad, todos en la empresa andan de arriba abajo.
Xavier arqueó una ceja.
—¿En serio Esteban cedió tan fácil?
Mientras giraba el volante, Gisela respondió:
—Le aposté algo. Perdió la apuesta y me vendió los derechos.
—¿Qué apostaron? —preguntó Xavier, curioso.
Entonces Gisela le contó, de manera resumida, lo que había pasado recientemente en el concurso de piano.
Al terminar de escucharla, Xavier frunció el entrecejo.
—¿Eso quiere decir que Romina sigue causando problemas por donde pasa?
Gisela suspiró.
—Así es.
Después de un rato, Xavier bajó la voz:
—Si necesitas ayuda, solo dime.
Gisela soltó una pequeña carcajada.
—¿Tú crees que me voy a andar con rodeos contigo?
Xavier también soltó una risa.
—No vayas a salir con que sólo hablas y no haces nada, ¿eh? Acuérdate del asunto con Hernán Navarro, ni palabra dijiste en aquel entonces.
Gisela lo miró de reojo.
—Tú estabas de viaje. ¿Cómo iba a molestarte con eso?
—¿Tienes hambre? —Xavier se le acercó un poco, hablando en voz baja—. Mi mamá seguro ya está dormida, así que no puede prepararte nada. Si tienes hambre, ve a bañarte primero. Cuando salgas, pasa a mi departamento, yo ya habré hecho algo para cenar.
Gisela abrió los ojos y miró el piso, sin levantar la cabeza.
Se quedó un momento en silencio.
Luego alzó la vista, fijándose de cerca en los ojos bonitos de Xavier.
—...No hace falta, ¿no te da sueño a ti? —dudó Gisela—. La verdad sí tengo hambre, pero puedo pedir algo de cenar. Tú también acabas de llegar, mejor descansa.
La mano de Xavier pasó de su cabeza a la nuca, apretando suavemente.
El calor de la palma de Xavier sobre su piel la hizo tensarse por dentro, pero no dejó que se notara en su expresión.
—No tengo sueño —dijo Xavier con una sonrisa—. Si de verdad estuviera cansado, ni me habría pasado por la oficina a buscarte.
La puerta del elevador se abrió, y Xavier la empujó suavemente por la espalda para que saliera.
Gisela intentó protestar, pero Xavier la interrumpió.
—Ya estuvo, así quedamos. Anda, primero ve a bañarte y cuando salgas, ahí estará mi cena esperándote.

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