UVPO. CAPÍTULO 29. Malditos celos
—¡Eso fue increíble! —exclamó Alejandra jadeando como si acabara de correr una maratón.
—¡La segunda caída fue brutal! —respondió Samuel.
—¡Tenemos que repetirla!
Sloan miró hacia la estructura. Realmente habría querido subir, agarrar la mano de Alejandra, salir mareado y reírse con ella como se estaba riendo él.
—Si van a la segunda vuelta, yo me apunto —aseguró, y Tiffany lo sujetó del brazo.
—¡Sloan! ¡Dijiste que me acompañarías!
Él cerró los ojos.
—No te estoy acompañando a ningún lado porque no estamos haciendo nada —siseó él en voz baja, porque incluso para un estirado como él era demasiado ir a un parque de atracciones y quedarse sentado en un restaurante tomando café.
La siguiente atracción fue todavía peor. Una torre que elevaba a los pasajeros hasta una altura considerable antes de dejarlos caer. Alejandra y Samuel subieron encantados. Bajaron tambaleándose.
—Creo que mi estómago sigue arriba —declaró Samuel.
Alejandra se dobló de la risa.
—¡Tu cara cuando caímos!
—¡Tú gritaste como si estuvieras viendo un fantasma!
—¡Era un grito de felicidad!
—Si no hubieras estado amarrada al asiente, literalmente, te habrías agarrado de mí como una garrapata —la acusó Samuel.
—¡Uy sí, y mira como te hubieras quejado! —rio ella.
—¡No, si yo de lo que me quejo es de los cinturones! —le coqueteó él y
Diez minutos después probaron otra montaña rusa con varios giros. Esta vez Samuel terminó inclinado sobre un basurero, vomitando hasta el alma, mientras Sloan ni siquiera evitaba sentir una oscura satisfacción. Lo que ya no le agradaba tanto era que Alejandra le sostenía una botella de agua mientras se reía sin misericordia; igual lo estaba atendiendo.
—¡Ironman, derrotado por una montaña rusa!
—No estoy derrotado —protestó él, pálido—. Estoy reorganizando mis órganos internos.
Alejandra se rio tanto que tuvo que sentarse, le dolió el hombro, se quejó, volvió a reírse y siguieron avanzando por las atracciones.
Sloan los observaba desde un banco, con más envidia que aburrimiento. Tiffany llevaba veinte minutos quejándose del calor, de las filas, de la música y de que el parque no tuviera un restaurante decente.
—No entiendo cómo pueden divertirse con esas cosas —comentó.
Sloan empezaba a entenderlo, precisamente porque el que no se estaba divirtiendo era él. Lo único que sabía era que Alejandra llevaba toda la mañana sonriendo, y que Samuel parecía saber exactamente cómo conseguirlo.
Pero como para él la situación solo podía empeorar, por supuesto que empeoró cuando llegaron a los puestos de juegos.
Samuel se detuvo frente a uno de puntería.
—¿Una competencia, Rivera?
Alejandra arqueó las cejas con expresión desafiante.
—¿Estás seguro, Ironman?
—Completamente.
—Después no quiero lágrimas —advirtió ella.
El encargado les explicó las reglas. Debían derribar varios objetivos para conseguir un premio.
Samuel fue primero. Obtuvo una puntuación muy buena.
—Supera eso —la desafió y Alejandra tomó su turno.

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