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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 261

UVPO. CAPÍTULO 2. Superboy

—Fascinante. Hay personas que necesitan medicamentos para dormir. Ella solo necesita cometer un delito —masculló Sloan entre dientes, porque cualquiera en su lugar habría estado al menos preocupado, pero no Alejandra Rivera.

¡Por supuesto que la rica heredera del imperio vinícola de California no podía estar ni siquiera preocupada aunque durmiera en la celda de una comisaría.

—Pidió una almohada y una manta —comentó el agente a su lado metiéndose las manos en los bolsillos—. También preguntó si teníamos algo de comer.

—¿No solicitó servicio a la habitación? —preguntó Sloan con un gesto lleno de ironía.

—Preguntó si podíamos despertarla a las nueve porque quería desayunar —rio el agente.

No era gracioso tener una prisionera, pero si era justo, debía decir que ella era una muy educada, bastante agradable y que no daba muchos problemas más allá de hacerse arrestar.

Sloan se masajeó el puente de la nariz y se acercó a los barrotes.

—Alejandra.

Nada.

—Alejandra, despierta.

Ella soltó un ronquido particularmente sonoro y Sloan golpeó suavemente los barrotes.

—¡Alejandra! —vociferó y ella se incorporó de golpe, levantando los puños. ¡Y eso ya decía todo sobre ella!

—¡¿Quién carajo…?! —reaccionó con un gruñido hasta que se dio cuenta de que quien estaba frente a ella era Sloan.

—Buenos días para ti también, Alejandra. Estoy perfectamente, gracias por preguntar. Dormí aproximadamente cuarenta minutos, pero no te preocupes, mi salud es irrelevante.

—¡Ah, Superboy, llegaste! ¿Qué hora es?

Sloan apretó los dientes con expresión asesina, porque sin importar cuánto tiempo pasara, Alejandra no abandonaba aquel apodo que le había puesto cuando era niño solo para fastidiarlo.

Sí, él era el aplicado. Sí, ella era la loca. Pero ¿por qué demonios eso no podía cambiar?

—Las tres y cuarenta y siete de la mañana —respondió con molestia.

—¡Qué temprano! ¿No podías venir después del desayuno? —rezongó Alejandra.

—¡Por supuesto! La próxima vez reservaré la mejor suite de la comisaría para que puedas descansar después de tus actividades delictivas.

Alejandra se levantó y se sacudió el cabello, ya de por sí bastante desordenado.

—¿Ya pagaste? —lo interrogó con resignación.

—No a gusto. Pero sí, tu fianza está pagada —contestó Sloan abriendo la reja para dejarla salir.

—¡Uff, déjame adivinar! Estás de mal humor.

—Qué extraordinaria capacidad de observación.

—¿Trajiste café?

Sloan volvió la cabeza hacia el agente.

—Oficial, ¿sería ilegal dejarla aquí hasta que cumpla cuarenta años?

El policía soltó una carcajada pero abrió la reja todavía más grande, porque quizás lo mejor era que fueran a insultarse fuera de la comisaría.

—No seas dramático, Superboy —protestó Alejandra caminando frente a él, y Sleoan se pasó una mano por el cabello con frustración.

—¿Sabes? Tengo una pregunta que me atormenta desde hace años. ¿En qué momento exacto decidiste que yo era tu niñera?

—No eres mi niñera —siseó Alejandra frunciendo el ceño.

—Qué alivio…

Y justo después ella sonrió encogiéndose de hombros.

—Eres más bien mi adulto responsable.

El oficial tosió ahogándose de la risa y Sloan suspiró con impotencia.

—Le agradecería que no alentara su comportamiento, oficial. Ya tenemos suficientes problemas.

El agente le entregó el informe preliminar y Sloan comenzó a leer mientras ella se sentaba en una de las sillas, mirándose las uñas como si fueran muy interesantes.

—Colt Whitmore. Empresario. Inversionista… —leyó Sloan—. Supuesta agresión durante una gala benéfica. ¿Qué le hiciste?

—Nada grave —carraspeó Alejandra.

—Define “nada grave”.

—Lo tiré al suelo.

—¿Cuántas veces? —preguntó él levantando una ceja, porque el expediente decía que Colt Whitmore era un cincuentón de ciento veinte kilos que medía uno setenta, no era tan fácil de tumbar. Bueno… quizás de rodar..

—Una.

—¿Lo golpeaste después?

—No hizo falta —sonrió Alejandra y Sloan respiró profundamente.

—Explícame qué ocurrió.

—Ese cerdo estaba manoseando a una camarera —siseó ella—. La muchacha intentaba quitárselo de encima y él no la dejaba. Intervine, le dije que la soltara y el imbécil decidió agarrarme del brazo.

—¿Y tú?

UVPO. CAPÍTULO 2. Superboy 1

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