30 DÍAS… CAPÍTULO 21. Un conejito cruel
—Eso ha sido una aparición muy oportuna —susurró Allison y Ángel le quitó suavemente el hacha de las manos.
—Te estaba observando —sonrió él, conteniendo la respiración mientras sus ojos iban a las pequeñas gotas de sudor que le escurrían a Allison desde el cuello y sobre los pechos.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente —rio Angel y ella cerró los ojos.
—Entonces tienes material de broma hasta el fin de los tiempos. ¿Podemos negociar para que olvides todo lo que viste?
—¡Imposible! exclamó Angel y ella levantó una mano para tocar su frente.
Seguía pálido y tenía ojeras, pero definitivamente se veía mejor.
—Ya no tienes fiebre, pero deberías estar descansando.
—El suero se acabó —dijo él señalando a la pequeña tela adhesiva en su brazo, porque ya se había sacado la aguja.
—Ok, entonces te pondré otro —se apresuró Allison.
—Después.
—Ángel...
Pero sin responderle, él volvió a colocar el tronco sobre el tocón.
—Ven —la llamó, empujándola un poco porque a confrontativa nadie le ganaba, y se situó detrás de ella.
Le hizo sujetar nuevamente el mango del hacha, y sus manos cubrieron las de Allison mientras le corregía la postura.
—No tienes que intentar asesinar al tronco.
—Después de media hora, el asesinato es lo menos que se merece. ¡Lo quemaré vivo!
—Técnicamente ya murió descuartizado, así que no te pongas macabra, mejor levanta.
Allison obedeció, y Ángel guio el movimiento.
—Ahora.
El hacha descendió con la fuerza de ambos y atravesó limpiamente la madera, haciendo que las dos mitades cayeran a los lados.
Allison se quedó mirando el tocón y… sintiendo todo lo demás. El cuerpo de Angel era enorme detrás del suyo y le encantaba esa diferencia. Todavía se sentía cálido contra ella, y al parecer aquella cercanía hacía que algunas otras cosas… despertaran entre ellos.
—¿Eso es una provocación, conejito? —susurró sintiendo la tensión en cada uno de sus músculos.
—¿Y no llevas más de una semana esperando que te provoque?
—Conejito…
—Shshshshs, tienes derecho a guardar silencio —le advirtió él abriéndole la chaqueta y deslizando despacio las manos sobre sus pechos, su abdomen, sus muslos—. Cualquier cosa que digas puede ser utilizada para provocarte un orgasmo.
La risa de Allison salió involuntaria, pero cuando las manos de Angel subieron por sus piernas, debajo de su vestido, ella solo dejó que aquella hambre tomara el control de todo.
Le subió la playera con un gesto desesperado y se la quitó por la cabeza mientras él sometía a esa misma urgencia a sus bragas. Había besos, desesperación y risas, y en mediod e todo eso la ropa comenzó a convertirse en un estorbo. Angel mordió sus labios y luego su boca bajó despacio, marcando la intención mientras seguía subiéndole el vestido hasta las caderas, descubriendo su sexo.
—Creo que al conejito le llegó el momento de evolucionar —sonrió mientras el primer contacto de su lengua con el clítoris de Allison la hacía echar atrás la cabeza, enredando los dedos en su cabello mientras exhalaba un gemido de placer.
—Eso Pikachu… tú pokevoluciona…
Y la risa de Angel desapareció detrás de un mordisco estratégico que la hizo gritar.
—¡Ah, Dios! —jadeó Allison arqueando la espalda, mientras la lengua de Angel trazaba círculos alrededor aquel punto que podía volverla loca. Sus labios se cerraron sobre su sexo, succionando con una presión que le enviaba latigazos de placer desde los tobillos hasta las malditas pestañas.
Los labios de Allison se abrieron en una súplica silenciosa. Podía sentir la urgencia construyéndose en su vientre, como una tensión creciente que amenazaba con romperse en cualquier momento. El cobertizo se llenaba con los sonidos húmedos de la boca de Angel contra su sexo, y ese ritmo constante y devorador la empujaba cada vez más cerca del borde.
—¡Cinejito… no pares, voy a…! —intentó decir, pero las palabras se convirtieron en un grito ahogado cuando él dejó ir dos dedos dentro de ella, curvándolos para encontrar ese punto perfecto que hizo que sus ojos se abrieran de par en par.
Justo cuando aquella ola de placer estaba a punto de romperse, cuando sus caderas comenzaban a moverse incontrolablemente contra la boca de Angel… él se detuvo, dejándola tambaleando en el umbral del orgasmo, temblando y jadeando.
—¡Tú… eres un conejito cruel!

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