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7 NOCHES PARA DECIR ADIÓS romance Capítulo 132

CAPÍTULO 8. Un apellido diferente

Allison apartó la mano mientras Ángel terminaba de caer de la cama envuelto en las sábanas.

—¡¿Qué se supone que estás haciendo?!

Ángel retrocedió por el suelo hasta chocar contra la mesita de noche. Tenía el cabello revuelto, el torso desnudo y una expresión de absoluto horror mientras ella seguía sentada tranquilamente en el borde del colchón.

—Estabas teniendo una pesadilla, conejito.

—¡No estaba teniendo una pesadilla! ¡Estaba…!

—¡Reconócelo! —exclamó Allison señalándolo con un dedo—. ¡Estabas teniendo un sueño muy sexy conmigo!

—¡Sal de mi habitación! —rugió Angel.

—¿Por qué? ¡Yo solo quería hacer tu sueño realidad! —se quejó ella con un puchero.

Ángel se puso de pie arrastrando la sábana consigo, pero hasta Allison se sorprendió cuando su primer gesto fue sujetarla por el cuello y levantarla contra él.

—Tú no estás preparada para soportar nada mío —siseó pegándola a él aunque tenían la sábana de por medio—. Tú estás buscando provocar, pero el día que la provocación funcione vas a salir corriendo.

—Ya te he visto desnudo —lo desafió ella mirándolo a los ojos—. Impresionas, conejito, pero no espantas.

—Eso es porque todavía no has sentido cómo me muevo —siseó él antes de sacarla de la cama y empujarla fuera de su habitación—. Pero eso también lo sabrás cuando yo quiera. Mientras tanto ¡castigada sin sexo!

Allison apretó los puños, pero se dio la vuelta y se fue meneando el trasero con una sonrisa victoriosa. Había mentido descaradamente, sí espantaba, ¡espantaba mucho! Pero ella era una CEO capaz de negociar contratos millonarios sin parpadear, no iba a demostrar miedo frente a semejante… cosa.

Ángel le cerró la puerta prácticamente en la cara y giró el seguro.

—¡Esto es lo que me faltaba! ¿Por qué tengo yo que cuidarme de esta mujer? —rezongó y trató de dormir de nuevo, ¡y si se escapaba que se escapara!

Pero a la mañana siguiente, cuando salió de su habitación, Allison no se había escapado, más bien apareció en la cocina sonriente, fresca como una florecita, pareciendo de todo menos una mujer secuestrada.

—Tu café, conejito —le dijo con un guiño, y eso fue lo más peligroso que salió de su boca esa mañana.

Desayunaron en silencio. ¡Toda una novedad! Y él parecía disfrutarla tanto que evitaba cualquier movimiento que pudiera romper aquel milagroso equilibrio. Allison se llevó su café a la mesa grande y se sentó frente a la computadora sin hacer uno solo de sus comentarios habituales, y por supuesto Ángel la observó con desconfianza.

—¿Qué? —murmuró ella como si su mirada le escociera.

—Nada.

—Entonces deja de mirarme.

—Estoy comprobando que sigues siendo tú.

Allison puso los ojos en blanco y abrió una carpeta.

—Tengo trabajo, señor secuestrador, ¿recuerdas? ¿Mucha explotación y nada de beneficios sexuales?

—¡Ya te habías tardado! —rezongó él tomando su teléfono para revisar las noticias mientras se iba al otro extremo de la cabaña.

Sin embargo su atención se concentró en una alerta meteorológica ocupaba los primeros titulares: una tormenta de invierno avanzaba rápidamente hacia la zona y se esperaban lluvias intensas, descenso brusco de temperatura y fuertes ráfagas de viento durante la tarde.

Miró hacia la chimenea y lanzó una maldición baja.

—¡Demonios, vamos a tener tormenta! Voy a buscar más leña.

—Ajá. —Allison ni siquiera levantó la cabeza y Angel prefirió no tentar a la bestia.

Allison salió a buscar el botiquín y se dio cuenta de que estaba casi preparado para una guerra. Cuando Ángel salió del baño, con el cabello húmedo y ropa seca, ella señaló una silla.

—Siéntate —dijo tomando su antebrazo—. Tú eres lindo pero esa herida es fea. Hay que cerrarla y curiosamente, tienes grapas quirúrgicas… pero te va a doler.

Ángel la miró levantando una ceja curiosa.

—¿Sabes usar eso?

Allison limpió la herida y comenzó a cerrarla con movimientos seguros.

—Crecí en un orfanato, conejito. Allí aprendías sí o sí. Rara vez había un adulto disponible para ocuparse de todo lo que nos pasaba.

—¿Creciste en un orfanato? —preguntó Angel sorprendido—. No hay nada de eso sobre la CEO Hayes.

—Porque no he dejado que nadie lo sepa.

—¿Por modestia?

—Porque estoy educando a la prensa en que mi vida privada no les pertenece —replicó ella con tanta naturalidad que Ángel se quedó mirándola. Por primera vez desde que la había llevado allí, Allison no estaba bromeando.

Ella bajó los ojos para comprobar la venda una última vez y entonces lo vio: rntre los tatuajes del brazo de Ángel había un apellido: RIVERA.

Él había dicho que se apellidaba Reyes, pero llevaba un Rivera tatuado en la piel junto con varias fechas de nacimiento.

No reaccionó mientras terminaba de acomodar la venda, pero antes de que la pregunta se formulara en su cabeza, el teléfono de Angel comenzó a sonar y él giró la pantalla boca abajo con un gesto brusco al ver el nombre.

Oliver Crewman estaba llamando y dudaba que fuera para algo bueno.

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