Jimena sentía un torbellino de emociones en el pecho. Ella, graduada de una universidad prestigiosa a nivel mundial, al final resultaba valer menos que una mujer que solo sabía complacer en la cama.
Su habitual arrogancia y reserva habían sido las responsables de que perdiera demasiadas oportunidades.
Escondió su angustia, respiró hondo y habló con aparente calma:
—Aún nos queda un mes para cumplir el plazo de seis meses que acordamos.
Lo miró a los ojos, con un tono obstinado:
—Quién sabe, a lo mejor en este mes vuelves a enamorarte de mí. No cantes victoria tan rápido. Me niego a creer que voy a perder contra una mujer tan hipócrita como ella.
Sin esperar respuesta alguna del hombre, se dio la media vuelta y salió con paso firme.
En la oficina, Alejandro siguió leyendo los documentos sobre la mesa, con el rostro totalmente inexpresivo.
Cuando su asistente Mateo volvió a entrar, Alejandro ordenó sin siquiera levantar la vista:
—Tira ese café y prepárame otro.
...
Antes de irse al trabajo, Lucía tomó a su pequeño sobrino en brazos y le acarició las suaves mejillas. Luego, abrazó a su sobrinita.
Cristina Quiroga ya estaba acostumbrada a esta escena; sabía que todos los días antes de ir a trabajar, Lucía pasaba especialmente a mimar a los gemelos.
Ese día tocaba ponerles las vacunas, así que se estaban alistando. Junto con la niñera, Cristina empacaba las cosas en un enorme bolso.
—Cris, ¿quieres que los acompañe a las vacunas?
Cristina sonrió:

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero