Alejandro entró a la casa de los García.
Lucía iba con las manos vacías; los dos vasos de café que traía habían terminado estrellados contra el abrigo del hombre.
Al encontrarse con Cristina, se disculpó apenada:
—Cristina, perdón... se me cayeron los cafés al piso.
—No te preocupes, no pasa nada. Fue culpa mía por pedirte que salieras a comprar en este frío —respondió su cuñada, quitándole la nieve de la chamarra con cariño. De repente, miró sorprendida hacia atrás y notó a Alejandro.
Alejandro entró quitándose la prenda. Sobre el fino abrigo gris claro, la enorme mancha oscura de café resaltaba de manera escandalosa.
Doña Rosa se apresuró a explicar:
—El abrigo del señor Zavala se ensució.
Cristina lo tomó rápidamente.
—Lavarlo y secarlo tomará un poco de tiempo, siéntese un momento, por favor.
—Se lo agradezco. —Alejandro dirigió su mirada a Lucía. Ella también se estaba quitando la chamarra invernal, ignorándolo por completo, y en cuanto terminó, subió las escaleras a toda prisa.
Sin dirigirle ni una palabra.
—Señor Zavala, sus pertenencias. —Antes de llevarse el abrigo, Cristina tuvo la delicadeza de sacar lo que había en los bolsillos y entregárselo.
—Gracias.
—Póngase cómodo, por favor.
Alejandro se quedó en la sala un rato. Elena de García salió a recibirlo, intercambiaron algunas palabras amables, y la señora lo invitó cortésmente a cenar antes de regresar a la cocina para revisar cómo iban Doña Rosa y los empleados con la comida.
Al no quedarse mucho en la sala, Alejandro subió al segundo piso y encontró a Lucía en el cuarto de los bebés. Estaba inclinada sobre la cuna de los mellizos, haciéndoles cariños y tocando suavemente las mejillas regordetas de los niños.
Apoyándose en el marco de la puerta, Alejandro soltó un suspiro fingido:
—¿No ibas a lavar mi abrigo? Tuviste que poner a Cristina a hacerlo.
Lucía ni siquiera levantó la mirada. Sus ojos seguían fijos en el pequeño que tenía en brazos.
—Es solo meterlo a la lavadora, da igual quién lo haga.
Alejandro dio unos pasos hacia adentro.
—Por lógica, te tocaba a ti.
Lucía no se molestó en responderle. Mientras jugaba con su sobrinito, su expresión se suavizó un poco.
Además de Lucía, en el cuarto estaba la niñera encargada de los pequeños. La mujer no dejaba de lanzar miradas curiosas a Alejandro; en su vida había visto a un hombre tan apuesto.


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