Si Julio todavía estuviera soltero...
Quizás Jimena aún lo consideraría.
Pero ahora ya hasta tenía hijos.
Quién iba a pensar que Julio se casaría tan joven, y que en tan solo tres años Elena ya tendría un nieto y una nieta.
Margarita no pudo evitar preguntarse qué habría pasado si su hija no hubiera cruzado su camino con Alejandro Zavala y hubiera elegido a Julio. ¿Acaso ella también tendría nietos ahora?
Y no tendría que esperar a ciegas sin rumbo.
Mejor no pensarlo más...
Solo estaba frustrada por cómo Alejandro había estado ignorando a su hija últimamente.
De cualquier forma, Alejandro Zavala era cien veces mejor partido que Julio García.
Cuando Lucía llegó al hospital, vio de inmediato a Margarita de Jiménez. Aceleró el paso por instinto y se plantó firmemente frente a su familia, protegiéndolos.
—¿Qué hace usted aquí?
Margarita la miró con fingida inocencia.
—Lucía, ¿qué te pasa? Actúas como si yo fuera a hacerle daño a tu familia.
Y así era.
En su vida anterior, su arrogancia le había causado mucho daño a los García.
La madre de Lucía era bondadosa y siempre estaba dispuesta a ayudar. Había auxiliado a Margarita en más de una ocasión. Pero Margarita era desconfiada y resentida. Incluso una palabra amable de Elena le parecía una presunción, lo que terminaba despertando su envidia.
Más adelante, cuando Jimena se alzó gracias a Alejandro, Margarita se volvió incontrolable. Encontraba cualquier pretexto para humillar y oprimir a los García, acorralándolos al grado de que la pobre Elena perdió la razón y quedó completamente trastornada.
Lucía le lanzó una mirada fulminante:
—Señora Jiménez, le sugiero que no se meta en asuntos ajenos y viva su vida tranquila.
Al escucharla, Margarita frunció el ceño. Su rostro se ensombreció y sus ojos destilaron molestia y enojo:


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