En la mesa solo quedaban Alejandro y Salvador. Salvador palideció de golpe y tardó un buen rato en recuperar el aliento.
—¿Q-qué dijiste?
Alejandro miró hacia la ventana.
—Estoy completamente obsesionado con Lucía. Me muero por verla todos los días. Si no tomo la iniciativa, ella y yo siempre seremos líneas paralelas.
—Entonces, ¿por eso... abusaste de ella? —preguntó Salvador atónito. —¿Y con qué intención me lo dices ahora? ¿Quieres que sienta lástima por ella?
Alejandro lo miró con total indiferencia.
—Solo te digo que esos intentos de emparejarme con Verónica que hicieron hoy sobran. No pierdan el tiempo.
Cuando Leticia y Verónica por fin regresaron a la mesa, Alejandro ya no estaba.
Al ver a Verónica buscando confundida a su alrededor, Salvador se apresuró a explicar:
—Tuvo una emergencia del trabajo y se tuvo que ir.
Leticia hizo un puchero de decepción.
—Hermana, este hombre es demasiado difícil de conquistar.
Verónica, algo pálida, forzó una sonrisa.
—No te preocupes. Quizás de verdad tenía algo urgente.
Mientras tanto, Lucía apenas estacionaba su auto frente a su casa cuando notó el vehículo negro de Alejandro estacionado cerca.
Pensó que tal vez Mateo Vicario había ido a buscarla para darle algún recado de su jefe.
Pero, para su desgracia, quien bajó del coche fue el mismísimo Alejandro Zavala.
Lucía sintió que le caía un balde de agua helada.
¿No se suponía que estaba en la cafetería?
Se bajó de su coche.
—Noté que te sonrojaste al verme. Como asumí que sientes algo por mí, decidí venir a verte —dijo Alejandro con descaro.
—Siempre tienes una excusa patética para aparecerte.
Lucía apretó con fuerza los vasos de cartón.
—¿No habías dicho que harías lo que yo quisiera?
—Hace un momento le confesé a Salvador que te había forzado —respondió él.
Lucía retrocedió un paso, horrorizada.
—¿Quieres que te compre un megáfono para que se lo grites al mundo entero?

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