—¿Te preocupo? —Alejandro giró la cabeza para mirarla—. Hace un momento, al menos Julio intentó defenderme. ¿Y tú? Te quedaste ahí, en silencio. ¿En qué estabas pensando?
—Lo que dijo mi mamá es exactamente lo que yo quería decir. —Lucía se pellizcó la punta de los dedos. Ya era friolenta por naturaleza, y con el clima empezó a temblar un poco—. Es mejor que no vuelvas. No quiero que se enoje.
Unos finos copos de nieve comenzaron a caer suavemente sobre sus hombros, enredándose en su cabello para luego derretirse, dejando apenas un rastro de humedad.
—Tu familia es muy cálida, sí, pero no conmigo —Alejandro tomó la suave mano de Lucía y frotó sus fríos dedos con ternura—. ¿Pero qué se le va a hacer? Yo también quiero aferrarme a mi pedacito de calidez.
Lucía sintió que el corazón se le encogía. Miró su rostro con cautela.
La mirada del hombre se había vuelto sombría, muy lejos de la calma que había fingido durante la cena.
—¿Acaso... perdiste la cabeza? —soltó Lucía, incapaz de contenerse.
Tendía a temer que él mostrara su lado más oscuro. Ya era bastante manipulador; si llegaba a perder el control, sería una verdadera pesadilla.
Sin darle tiempo a pensar en nada más, la imponente figura del hombre se inclinó sobre ella.
Alejandro la envolvió en sus brazos, atrapando su cuerpo tembloroso en un abrazo posesivo que no le permitía escapar. Bajó la cabeza y capturó sus labios en un beso suave, pero cargado de una urgencia que reclamaba cada parte de ella. Un roce íntimo que disipó todo el frío del ambiente.
Lucía forcejeó con todas sus fuerzas hasta lograr apartarse de su abrazo.
Alejandro retrocedió un poco, tomó sus mejillas heladas con delicadeza y, con el pulgar, acarició la comisura de sus labios enrojecidos.
—No estoy enojado —susurró con voz ronca y tierna—. Así que tú tampoco te enojes, ¿de acuerdo? No nos enojemos el uno con el otro.
—¡Lulú...! —gritó de pronto Elena desde el patio.
Alejandro soltó su rostro, deteniendo la mirada en la punta de las orejas de Lucía, que estaban ligeramente rojas por el frío. Con un tono controlado y distante, dijo:
—Hace frío, entra ya.
—Ya no vas a volver, ¿verdad? —insistió ella, que había decidido marcar una línea definitiva entre los dos. Nunca quiso seguir enredada con él, y aquel día sería el último.
Ahora que incluso su madre la apoyaba, no tenía nada más de qué preocuparse.
—Entra ya —repitió Alejandro.
...

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero