Tras varios días de tratamiento, la salud de Lucía mejoró considerablemente y ya era capaz de moverse apoyada en los cojines de la silla de ruedas hospitalaria.
Se encontraban en el pabellón exclusivo de cuidados intensivos en el último piso del hospital. Toda la planta gozaba de una paz absoluta; aparte de su familia, no había más pacientes, por lo que el lugar se sentía casi desierto.
Con una mirada dulce, Elena le preguntó en voz baja:
—Lulú, ¿qué te parece si te llevo abajo para que des un paseo y tomes algo de aire fresco?
Lucía negó rápidamente con la cabeza:
—No, mamá, prefiero no bajar.
En el fondo sabía muy bien que Jimena estaba ingresada en ese mismo hospital. Si bajaba, era casi seguro que terminarían cruzándose. Recordando la actitud altanera y prepotente que Margarita, la madre de Jimena, tuvo con su propia madre en el pasado, Lucía prefería evitar el encuentro a toda costa.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Lucía.
—Ah, él... últimamente está muy ocupado con el trabajo, lleno de compromisos. Me dijeron que casi no ha tenido tiempo ni de regresar a cenar a la casa —respondió Elena.
Lucía no le dio mucha importancia.
—Mamá, deberías volver a casa. Julio no está y Cristina también necesita que alguien la cuide. Yo tengo a la enfermera aquí.
—En casa están doña Rosa y la persona que asiste a Cristina, no tienes de qué preocuparte.
Mientras conversaban, la enfermera de guardia entró para anunciarles que tenían una visita.
Era Camilo Zavala.
Al ver entrar su silueta estilizada, a Lucía se le formó un nudo de emociones contradictorias en el pecho.
—Camilo, ¿qué haces aquí? ¿No tenías clases hoy?
Camilo frunció el ceño con genuina preocupación.
—Me enteré de que tuviste un accidente de auto, así que vine a verte. ¿Cómo te sientes ahora?
—Mucho mejor —respondió Lucía con voz suave—. ¿Cómo supiste que estaba en este hospital?

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