Elena estaba fúrica, invadida por la rabia. Le dolía profundamente que su hija no hubiera sido sincera con ella, que hubiera soportado el tormento de la enfermedad en soledad, pasando quién sabe cuántos días y noches de agonía en silencio. Al ver el estado de Lucía, el resentimiento y el dolor se mezclaron en su pecho.
—Lucía, de verdad que tú eres...
Al ver a su madre, los ojos de Lucía se llenaron de lágrimas de inmediato. Con una mezcla de culpa y timidez, susurró:
—Mamá, perdón, no te lo dije porque no quería que te angustiaras.
Ver a su hija tan frágil deshizo por completo las defensas de Elena. Se abrazó a ella con fuerza, dejando que las lágrimas corrieran libremente.
Julio, por su parte, se acercó al doctor para bombardearlo con preguntas sobre su estado de salud. Al saber que iba mejorando, sintió que el alma le volvía al cuerpo, pero al enterarse de que aún no podía caminar, su expresión se ensombreció de golpe.
El médico, siendo honesto, añadió:
—Todos estos días, el señor Zavala ha estado personalmente a cargo del cuidado de la paciente.
Fue entonces cuando Elena notó la presencia de Alejandro.
Antes de que pudiera decirle una sola palabra, el teléfono de Lucía sonó. Era una videollamada de su cuñada.
Elena hizo un gesto suave:
—Es Cristina, contesta rápido.
Lucía aceptó la llamada, saludó a Cristina con cariño y charlaron un momento.
Cuando dejó el teléfono, se dio cuenta de que Alejandro ya no estaba en la habitación.
Claro, su familia ya estaba ahí.
Ya no tendría que soportar sus chantajes ni su mirada intimidante.
Lucía sintió que le quitaban un enorme peso de encima.
Al mediodía siguiente, recibieron una visita. Era Patricio Zúñiga, que llegó trayendo un hermoso ramo de flores y una canasta de frutas.
Lucía volteó de inmediato a ver a Julio.
Tal como sospechaba, Julio le guiñó el ojo disimuladamente.
Don Zúñiga tomó asiento y platicó un rato con ella.

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