Alejandro detuvo el movimiento de la cuchara.
—¿Qué pasa?
Lucía se relamió los labios y negó con la cabeza.
Él insistió:
—Habla. ¿No te gusta o está muy caliente?
—No me gusta.
—Mentirosa, los primeros dos bocados te los comiste sin problema...
Lucía lo miró con frialdad:
—¡Tengo miedo de que esté envenenada!
El hombre frunció el ceño, confundido.
—¿Por qué estaría envenenada?
Los labios de Lucía temblaron ligeramente.
—Quién sabe.
Alejandro recordó la pesadilla de inmediato y preguntó:
—¿Quién querría envenenarte?
Lucía guardó silencio.
Camilo, su querido hermanito.
O tal vez, el mismísimo Alejandro lo había permitido.
—Ya me mudé de casa —dijo Alejandro—. Ahora estoy en la Finca de La Luz, y la sopa la preparó doña Marta. Solo estamos ella y yo, no hay nadie más. Ni siquiera he tenido tiempo de contratar más personal... Ya conoces cómo es doña Marta.
—Come de una vez. —Alejandro volvió a llenar la cuchara y se la acercó a la boca—. ¿No te quieres deshacer de mí? Solo te recuperarás rápido para irte si comes.
Al ver que ella lo miraba fijamente con sus ojos cristalinos, terca y con los labios apretados, amenazó con calma:
—Si no comes, podemos entretenernos de otra forma.
Lucía apretó los labios. Lo que más quería era recuperarse rápido, así que no le quedó más remedio que continuar tragando la sopa. Sin embargo, al parecer unas imágenes perturbadoras asaltaron su mente, haciendo que pasara la comida con extrema lentitud.
Cuando terminó, Alejandro llamó a una enfermera para que recogiera y luego le ayudó a enjuagarse la boca a Lucía.
Una vez que terminó, Lucía anhelaba regresar a la cama a descansar, pero antes de darse cuenta, Alejandro la tomó en brazos y la depositó en un sillón junto a la ventana.

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