Por el contrario, Isabel Luna llevaba un vestido corto, así que apenas se había ensuciado y su aspecto era mucho mejor que el de ella.
Lucía García sentía un asco insoportable; la idea de que ese insecto pudiera haberse colado entre los pliegues de su falda y estuviera arrastrándose por su piel la aterraba. El pánico le subió por la espalda. Se dio la vuelta a toda prisa, agarró con fuerza la tela de su vestido a la altura del pecho y dio un par de saltos desesperados en su lugar.
—No puedo, no puedo más. Tengo que bañarme.
Diego Paredes, preocupado, empujó suavemente a Isabel.
—Ve con ella, rápido.
Isabel, con la cara cubierta de polvo, preguntó:
—¿Y qué hacemos con el auto?
—Yo me encargaré de conseguir a alguien que lo revise —respondió Diego—.
—Tú asegúrate de no perderla de vista, que no pase nada más.
Lucía ya no les prestaba atención. Tenía la mente nublada por la imagen del bicho; se dio la vuelta aterrada y corrió hacia el interior de la cabaña.
Alejandro Zavala estaba de pie en la parte superior de las escaleras del segundo piso. Al verla regresar, comentó con tono burlón:
—Conducir puede no tener velocidad, pero siempre rebosa de pasión.
Lucía se quedó helada. No esperaba que él estuviera ahí arriba observando.
Pero no tenía ganas de dirigirle la palabra.
Sentía el cuerpo ardiendo, especialmente las mejillas y las orejas. Decidió fingir que no lo había escuchado; levantó el dobladillo de su vestido manchado de lodo y subió los escalones apresuradamente.
Solo pensaba en meterse a la ducha y frotar cada centímetro de piel por donde esa asquerosa oruga pudiera haber pasado.
Alejandro se limitó a mirarla sin añadir nada más.
Solo cuando ella entró a su habitación y cerró la puerta de un portazo, él apartó la mirada.


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