Isabel entró y dio unos golpecitos en la puerta del baño, con voz alegre:
—¿Lulú?
Desde adentro, la voz apagada de Lucía respondió:
—No toques, estoy ocupada en el baño.
A Isabel no le importó en lo más mínimo y continuó con el mismo entusiasmo:
—La serie en la que invertimos se volvió un éxito rotundo.
Dicho esto, reprodujo un video en su teléfono sin ocultar su inmensa alegría:
—Qué buen ojo tienes, Lulú. Solo invertí porque tú me lo dijiste y ahora nos vamos a llenar de dinero.
Las dos chicas que la acompañaban soltaron exclamaciones de asombro; las tres se sentaron en el sofá, con los ojos fijos en los protagonistas en la pantalla.
—¡Guau, este protagonista es guapísimo!
—¿Maribel Quintana es la actriz principal? ¡Actúa tan natural, la atmósfera de la serie es increíble!
Isabel, sentada en el medio, presumía orgullosa:
—Todo gracias a mi amiga. Ahora soy rica.
A Lucía le latían las sienes con fuerza. Sentía una impotencia absoluta y solo un pensamiento daba vueltas en su cabeza: *Por favor, váyanse ya.*
Se mordió el labio con angustia, ¿acaso planeaban quedarse a ver la serie ahí mismo?
En medio de su caos mental, sintió un calor repentino en la cintura. Era la mano de Alejandro que se había posado sobre ella en absoluto silencio.
La temperatura ardiente de su tacto traspasó la tela, provocando que se tensara por completo.
Al instante siguiente, el brazo firme del hombre rodeó su cintura y, con un ligero movimiento, la levantó y la sentó sobre la fría y lisa superficie de mármol del lavamanos.
Lucía casi gritó del susto.
Presa del pánico, intentó zafarse instintivamente, pero Alejandro se inclinó y selló sus labios temblorosos.
La besó hasta dejarla sin aliento y luego susurró contra su oreja enrojecida:

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