La sección de comentarios estaba inundada de halagos.
«¡Qué rostro tan hermoso tiene!»
«Es una belleza perezosa y frágil a la vez.»
«Qué ganas de besarla.»
La mirada de Lucía se ensombreció. ¿De verdad tenía que recurrir a estas tácticas para ganar seguidores? Con el rostro rojo de la furia, eliminó la foto de inmediato.
Quiso ir a reclamarle a Julio, pero él no estaba en la empresa.
Al recordar que su hermano y su cuñada seguían peleados, el corazón se le estrujó. Cristina había estado tan triste estos días que daba lástima verla.
Lucía, queriendo arreglar las cosas, pidió un enorme ramo de rosas rojas a nombre de Julio, con la esperanza de sacarle al menos una sonrisa.
Pero por mucho que lo planeó, hubo algo que no calculó...
Cristina no estaba en casa; se había ido a refugiar a casa de sus padres.
Ese ramo, preparado con tanto cuidado, nunca llegó a sus manos.
...
Al día siguiente, Julio seguía sin dar señales de vida.
Lucía no tuvo más remedio que asistir en su lugar a un importante banquete al mediodía.
Por suerte, Isabel Luna también estaba invitada, así que al menos tendrían compañía.
Al llegar, lo primero que vieron fue a Jimena Jiménez de pie junto a Alejandro Zavala, hablando en voz baja. Estaban frente a un cuadro famoso, y parecía que Jimena estaba dando su opinión sobre la obra.
Alejandro, con una educación impecable, ladeaba la cabeza para escucharla, con una sonrisa amable dibujada en los labios.
Esa actitud contrastaba con su habitual frialdad.
Cuando sonreía, su porte elegante y sereno brillaba con luz propia. Sin ser ostentoso, acaparaba las miradas de todos; era imposible no notarlo.
Ese día también estaba presente Lucas Paredes. Apenas vio entrar a Lucía, una sonrisa maliciosa se formó en sus labios. Sacó su teléfono con calma y le mostró la pantalla.
Ahí estaba la foto de Lucía durmiendo, pero Lucas, con su pésimo gusto, le había editado una nariz de cerdo gigante, mejillas extremadamente rojas y unas ridículas orejas de caricatura.
Lucía supo que nada bueno saldría de cruzarse con él, y al ver la pantalla, su rostro se oscureció. Hizo el amago de irse, pero en un movimiento rápido, le arrebató el teléfono de las manos.
De inmediato cambió el fondo de pantalla, entró a la galería y eliminó la foto, vaciando incluso la papelera. Todo esto mientras esquivaba a Lucas, con Isabel ayudándola a bloquearle el paso. El forcejeo causó un alboroto que no pasó desapercibido.



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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Te Toca Suplicarme A Mí, Señor Heredero