Julio García se fue directo a la empresa por la tarde y no regresó hasta la hora de la cena.
Horacio García también llegó a casa para cenar.
Sin embargo, al sentarse en la cabecera de la mesa, Horacio notó que, aunque la familia entera estaba reunida, el ambiente era inusualmente silencioso. Julio, por lo general conversador, no decía una sola palabra.
—¿Hubo algún problema en la empresa? —preguntó Horacio.
—No —respondió Julio a secas—. Quiero volver a vivir aquí.
Horacio frunció el ceño. —¿Volver a vivir aquí?
Entonces dirigió la mirada hacia su nuera. Cristina Quiroga parecía genuinamente desconcertada; era evidente que no sabía nada del asunto.
Elena de García sonrió con esa dulzura que la caracterizaba. —Tú no mandas en eso, hijo. Quien manda es tu esposa.
Desde que se casaron, la joven pareja tenía la costumbre de cenar y luego regresar a su propio departamento para disfrutar de su intimidad. Ahora que estaban peleados, a Julio se le antojaba regresar a la casa familiar.
—Elena, a mí también me gustaría volver a casa —dijo Cristina en voz baja, sin dejar asomar ni una pizca de resentimiento.
Lucía García sintió una punzada en el pecho. Como si mil agujas se le clavaran en el corazón.
Parecía que, esta vez, realmente había cometido un error irreparable.
Cuando Julio terminó de cenar y subió a su habitación, Lucía fue tras él a toda prisa y lo agarró bruscamente por la corbata. —Si haces que Cristina sufra, te juro que me las pagarás.
—El que está sufriendo ahora es tu hermano, no tu adorada cuñada —Julio la apartó y terminó de aflojarse la corbata.
Lucía trató de explicarse: —Cuando hablé con Gustavo Beltrán, él solo dijo que la mujer que le gustaba ya estaba casada. ¡Nunca me dijo que se trataba de Cristina! Yo solo usé la expresión "mujer casada" para que perdiera toda esperanza conmigo... Si hubiera sabido que a quien perseguía era a ella... jamás habría dicho eso.
Julio le lanzó a su hermana pequeña una mirada gélida. —Mejor no aclares, que oscurece.
—Le fallé a Gustavo y le fallé a Cristina. Ok, se acabó, damos vuelta a la página. Te compro lo que quieras con tal de...
Julio se quedó paralizado por un segundo. La persona a la que de verdad debían consolar aún no había recibido ni una disculpa.
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