La brisa nocturna, que traía consigo el frío del inicio del invierno, golpeó su rostro y la hizo suspirar de alivio. De repente, la puerta de cristal a sus espaldas se abrió.
Lucía se giró y se encontró con la mirada profunda de Alejandro Zavala.
Él había salido a hacer una llamada telefónica y cerró rápidamente la puerta de cristal detrás de él.
La música y las risas del interior se escuchaban ahogadas, haciendo que la terraza se sintiera excepcionalmente silenciosa.
Ambos cruzaron miradas en medio de aquel silencio aislado del bullicio.
Lucía fue la primera en desviar la mirada.
Alejandro caminó hacia el otro extremo de la terraza para atender su llamada.
Como él estaba hablando por teléfono, Lucía —recordando errores del pasado— no quería escuchar a escondidas y decidió volver a entrar.
Pero en ese momento, la puerta de cristal se empujó suavemente y una silueta se asomó.
Paola Montero, con una sonrisa dulce en el rostro, dio unos pasos hacia Lucía, intentando engancharse de su brazo con afecto: —Lucía, ¿por qué te escondes aquí? ¿Vamos al salón principal a comer un poco de pastel?
Lucía se movió un poco, esquivando su mano. Sin notar la incomodidad momentánea de Paola, miró hacia el interior de la casa y dijo en un tono seco: —No, ya me voy.
La sonrisa de Paola se congeló y la luz en sus ojos se apagó. Sin rendirse, dio otro paso hacia adelante, con una voz tan suave que casi se derretía: —Querida, ¿qué te parece si hablamos de los juegos que jugaste el otro día? La verdad es que yo también soy muy buena...
Lucía no respondió. Sus pies ya estaban en movimiento, empujando la puerta hacia el salón principal sin decir una sola palabra en todo el trayecto.
Paola se quedó atrás, parada allí como tonta.
Una ola de decepción abrumadora la invadió...
Se mordió el labio, y justo cuando estaba a punto de llorar, se dio cuenta de que había un hombre en las sombras. Era su primo mayor.
Paola ya no se atrevió a llorar. Se limpió la nariz, sintiéndose un poco agraviada: —Alejandro, ella... parece que de verdad no quiere hablarme.
Alejandro apartó la vista de su celular, su mirada recorrió levemente los ojos enrojecidos de ella antes de volver a la pantalla. —¿Le hiciste algo?
Paola pensó en silencio: «¿Acaso no fuiste tú quien le hizo algo?»
Pero no se atrevió a decirlo.
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