Una vez que Horacio y Lucía tomaron asiento en el restaurante, Lucía rompió el hielo:
—Papá, ¿tú también te diste cuenta?
Horacio asintió lentamente. Claro que se había dado cuenta: Alejandro se desvivía en atenciones con la madre de Jimena.
Incluso se adelantó para abrirle la puerta del auto antes de subir.
Una actitud digna de quien intenta impresionar a su futura suegra.
—Entonces, ¿cuándo vamos a devolverles el anillo de compromiso?
Lucía sabía que la ruptura solo sería oficial y definitiva si su padre daba la cara. Si ella lo hacía sola, la familia Zavala lo tomaría como un simple berrinche infantil sin validez.
Incluso cuando se lo había dejado claro al propio don Guillermo Zavala, el anciano patriarca no le había dado una respuesta concreta.
Horacio comenzó a servirle comida a su hija en silencio.
Hace un tiempo, le había preguntado a su esposa qué pensaba de la insistencia de Lucía en cancelar el compromiso.
Para su sorpresa, después de dudar un poco, ella le había dicho que lo mejor era romperlo.
Le explicó que si la otra mujer en cuestión hubiera sido cualquier otra, tal vez valía la pena luchar. Pero siendo Jimena... la muchacha era indudablemente brillante, y la batalla estaba perdida.
Además, Jimena y Lucía habían sido buenas amigas.
Aunque Lucía no lo dijera en voz alta, en el fondo era leal; si su amiga ya había puesto los ojos en ese hombre, ella jamás volvería a interesarse en él.
Al recordar esa charla, Horacio sintió una punzada de molestia. A sus ojos, su hija era igual o más excepcional que Jimena. Sobre todo ahora, con todas las audaces decisiones que Lucía había tomado en la empresa, demostrando una y otra vez una visión que lo dejaba asombrado.
Era una verdadera lástima.
Admiraba a Alejandro, pero el destino dictaba que nunca sería su yerno. Y si Lucía no lo quería en su vida, él no iba a forzarla.
—En cuanto pase la boda de tu hermano, iré a la mansión principal de los Zavala. Ahora, concéntrate en comer.
Escuchar esas palabras fue un bálsamo para Lucía, quien finalmente pudo respirar con tranquilidad.
Dócilmente, tomó sus cubiertos y comenzó a comer.
Al salir del restaurante junto a su padre, Lucía recibió una excelente noticia.
Hacía tiempo que había solicitado el registro de varias patentes, y finalmente le habían aprobado la de los componentes inteligentes.
En su vida pasada, ese había sido el producto estrella que consolidó la fortuna tecnológica de la familia Zavala.
Pero en esta vida, ella se les había adelantado.
Conocía mejor que nadie las tácticas despiadadas de Alejandro. Sabiendo que la familia Zavala tenía contactos al más alto nivel tanto en los negocios como en la política, Lucía se había visto obligada a jugar sucio.
En esta segunda oportunidad, se había dedicado a reclutar a los mejores talentos, asegurar patentes clave y buscar desesperadamente nuevas estrategias para alterar el rumbo de su familia.
Al escuchar que la patente era oficialmente suya, Lucía sintió que un enorme peso desaparecía de sus hombros; su ánimo mejoró drásticamente.

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