—¡Me importa un bledo tu falsa elegancia, sabes perfectamente a qué me refiero!
Isabel se abalanzó contra ella con la intención de agarrarla por los pelos, pero Jimena, con unos reflejos de gata callejera, dio un paso atrás y esquivó el manotazo.
Isabel perdió el equilibrio y estuvo a milímetros de partirse la cara contra el piso. Para cuando logró sostenerse de la mesa y enderezarse, Jimena ya caminaba majestuosamente hacia la salida con la cabeza en alto, seguida de cerca por el par de perras de Margarita y Daniela, abandonando por completo la cafetería.
Bajo la mirada morbosa de la docena de mirones del local, Lucía sujetó a Isabel por los hombros y la obligó a sentarse en una silla. —¿Te lastimaste?
—¡Lucía, tú jamás fuiste tan dejada!
Isabel le reprochó roja de furia y frustración. Antes tenía sangre en las venas, era impulsiva, apasionada y enfrentaba a quien fuera con la cabeza en alto. ¡Pero mírala ahora, parecía que se le secó el alma!
Lucía frunció el ceño con profunda pesadumbre. —Isa... Si sigues provocándola de esa forma, el maldito loco de Alejandro Zavala va a usar todo su poder para destruir a tu familia.
Isabel la miró atónita: —¿Me estás diciendo en serio que Alejandro está tan trastornado por esa perra?
Lucía asintió lentamente, recordando el infierno de dolor y sangre que había vivido su familia en la vida pasada por culpa de esa misma devoción tóxica. —Además... mi hermano está a punto de casarse, y lo que menos deseo es traer desgracias innecesarias en un momento tan importante.
Isabel se sorprendió: —¡No juegues! ¡Julio se va a casar y tan pronto! ¿Cómo es la futura novia?
—Es una mujer maravillosa —Al mencionar a Cristina, el rostro rígido de Lucía se dulcificó, llenándose de calidez.
—¡Ya rugiste! Prepárame diez invitaciones VIP, porque pienso ir con hasta el perro de la casa.
Lucía por fin soltó una carcajada cristalina: —Hecho.
El resto del rato se dedicaron a contarse los chismes más jugosos de la ciudad para liberar la tensión.
Una vez que se despidieron y Lucía abordó su vehículo para emprender el viaje de regreso a casa, su celular sonó de repente, proyectando un número totalmente desconocido en la pantalla.
Como iba manejando por la carretera, descolgó la llamada sin darle demasiada importancia. Pero la voz que rasgó el auricular estuvo a punto de hacerla dar un frenazo mortal en seco.
—Preséntate inmediatamente en el Hospital Central.
Era la maldita voz de Alejandro.
Antes de que ella pudiera soltar el aliento, la llamada se cortó abruptamente.
Un presentimiento funesto y oscuro le retorció el estómago.
Apretando el volante con tal fuerza que los nudillos le crujieron, metió el acelerador a fondo y giró violentamente en la próxima intersección, enfilando su auto directo al Hospital Central de Puerto Coral.
...
En el preciso instante en que Lucía puso un pie dentro del hospital, Lucas Paredes se le abalanzó como un perro rabioso.

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