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Relatos cortos romance Capítulo 24

Después de escuchar sus palabras regreso a mi lugar, sin saber cómo diantres veré de ahora en adelante a la bruja de mi jefa, si bien es cierto que hacerla mía de esa forma fue una experiencia sublime, eso no quita la incertidumbre que me carcome de saber cómo actuará ella en cuanto se entere de la verdad.

—¡¡Lewis a mi oficina!! —resuena el grito de mi jefa por todo el piso, pongo los ojos en blanco y me encamino a paso lento hasta ese oscuro lugar, alejando de mis pensamientos a la hermosa rubia que retozaba en mis brazos hace días y que ahora por una broma del destino me grita como desquiciada.

—Dígame, señorita Carter, ¿en qué puedo servirle? —inquiero forzando una ligera sonrisa en mi rostro, después de que ésta me permite pasar.

—Lewis, te pedí expresamente que informases al departamento de producción que el encaje que los americanos nos mandaron era de muy baja calidad y que lo regresaran, pero tal parece que mis órdenes te entraron por un oído y te salieron por el otro —me reprende mi jefa, mientras me da la espalda y se encuentra rebuscando algún documento entre los archiveros de su oficina.

Deslizo mi mirada a lo largo de todo su cuerpo, cubierto solo por un vestido rojo no tan ajustado a su figura, pero que ahora que sé cómo luce sin prenda alguna, provoca que mi miembro palpite ansioso por volver a someterla como hace algunos días.

—La próxima vez que cometas un error semejante, considérate despido, ¿me entendiste Lewis? No me gusta repetir las cosas, siempre busco la perfección en mis subordinados —comenta levantando la voz con cada palabra que sale de su boca, llevando a mi límite mis ganas de mantener la boca cerrada.

—¡Cállate, Angela! —en cuanto me escucha decirle esto, sus manos se detienen y se gira lentamente, mirándome como si desease abofetearme por cómo le he hablado.

—¿Perdón? ¿Qué dijiste Lewis?

—¡Qué te calles Angela! ¿Acaso estás sorda?

—Considérate despedido en este instante, Lewis, sabía que eras un imbécil, pero no a ese extremo.

—¡He dicho que te calles Astartea! Que yo recuerde cuando un amo manda callar a su sumisa, ésta debe de obedecer sin objeción alguna —respondo acercándome rápidamente hasta donde se encuentra, observo como palidece en un abrir y cerrar de ojos, dando un paso atrás.

—N-no entiendo de que me hablas Lewis —balbucea con un ligero temblor en su voz.

—Yo creo que, si lo recuerdas Astartea, ¿o ya olvidaste como te retorcías de placer mientras te hacía mía en esa habitación?

Sin darle tiempo a reaccionar, la tomo de las caderas y la pego a mi cuerpo, sintiendo el retumbar de su corazón.

Mis manos se deslizan por sus muslos y enrollo su vestido hasta sus caderas e introduzco dos de mis dedos en su dulce intimidad, provocándole un gemido bajo, sus ojos se cierran y muerde sus labios con temor a que alguien nos escuche.

—Estás húmeda Angela, ¿así es como te gusta pequeña zorra? —murmuro al tiempo que retiro mi mano y le doy una palmadita en su intimidad, da un pequeño brinco y abre sus ojos de golpe, ante su atenta mirada llevo mis dedos a mi boca y los saboreo.

—Sabes deliciosa, ¿me pregunto si el sabor es aún mejor al beberlo directo de ti? —Su respiración se agita y sus manos toman con más fuerza, mi camisa, dado que no dice nada, la llevo hasta el filo de su escritorio y la siento, bajo la cremallera de su vestido dejando expuestos sus senos, a los cuales les prestó atención solo lo necesario para después abrir sus piernas y ponerme en cuclillas—. Es hora de comprobarlo.

Retiro sus bragas y pego mi rostro a su monte de Venus, estoy por deslizar mi lengua a lo largo de su intimidad, cuando sus manos me alejan.

—Esto no está bien Lewis, d-debes regresar a tu lugar de trabajo, además, alguien podría escucharnos.

—Aquí nadie puede escucharnos, somos los únicos en este piso, esas son las ventajas de ser la presidenta Astartea. Y en cuanto a que esto no está bien, no te creo, sé que muy en el fondo deseas entregarte a mí, ¿o cómo te explicas esto? —inquiero acariciando su cálida intimidad—. Estás casi tan húmeda como el otro día.

—L-lo del otro día fue un error —me dice no muy convencida, reprimiendo otro gemido cuando mis dedos comienzan a torturarla.

—Podría ser un error, pero esas palmadas que te di en tu lindo trasero y la forma en que te folle, nadie te las quita primor. Tengo un trato para ti, si tus manos son capaces de mantenerse alejadas de mí, mientras te follo con mi boca, dejamos esta locura y nos olvidamos de que todo esto sucedió, así como también tendrás mi renuncia esta misma tarde en tu escritorio, por el contrario, si eres incapaz, la próxima vez que nos veamos te castigaré de tal forma que me suplicarás repetirlo y por ende continuaremos con lo que teníamos planeado. ¿Qué me dices Angela?

—Está bien, verás que el que saldrá perdiendo serás tú Lewis —responde con su ya tan característica altanería.

—Espero que cumplas tu palabra, porque ya he pensado en un castigo magnífico y estoy seguro de que disfrutarás como nunca. —Sin más palabras por parte de ambos, comienzo a morder sus labios, ante lo cual su cuerpo se estremece un poco.

Deslizo mi lengua por toda su intimidad y con ayuda de mis dedos, consigo que de su boca escapen unos cuantos gemidos, los cuales suben de intensidad conforme avanzan los minutos.

—T-te dije que perderías Lewis —murmura con petulancia, manteniendo sus manos en sus muslos.

—Eso lo veremos Angela —respondo separándome solo lo suficiente, para después darle una pequeña mordida en su clítoris, al tiempo que una de mis manos sube hasta sus senos y pellizco con fuerza su pezón justo como le gusta.

—¡Oh, por Dios! —chilla y cuando me alejo de ella, siento como una de sus manos se aferra a mi cabello y jala de él, para pegarme más a su entrepierna—. ¡N-no te detengas, por favor!

Y como si se hubiesen invertido los papeles, sigo sus órdenes, solo me detengo hasta que su cuerpo convulsiona de placer sobre su escritorio, dejando en mi boca su agradable sabor.

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