Esa frase de “empatados en segundo” hizo que Sania despertara al día siguiente… a las dos de la tarde.
Afuera, los dos grandotes chiquitos llamaban con su vocecita:
—¡Mamá, mamá!
Lucía los calmaba con paciencia.
—Mamá está durmiendo. Vamos a jugar para allá, ¿sí?
—¡No! ¡Mamá!
—¡Mamá, mamá!
Sania, aguantándose el dolor en todo el cuerpo, se arregló como pudo y les abrió.
Los dos enanitos se le aventaron, estirando los brazos, queriendo subirse a ella. Sania miró a Lucía.
—¿Y el señor?
—Señora, el señor se fue a la empresa.
Ajá. Bien que salió corriendo.
Sania aprovechó que por fin descansaba un día, se quedó toda la tarde con los niños… pero ya casi de noche se los dejó a la niñera y se fue.
Así que cuando Evaldo volvió, nervioso, se encontró la casa sin Sania.
—Lucía, ¿y la señora?
Lucía sonrió.
—La señora dijo que tenía algo que hacer. Que no iba a cenar en casa.
A Evaldo se le revolvió el estómago. Pensó si no se habría pasado la noche anterior.
A las nueve, Sania no aparecía.
Evaldo no aguantó y la llamó.
Ella sí contestó.
—Ah…
Del otro lado se escuchó un gemido ahogado. A Evaldo se le subió el corazón a la garganta.
—¿Amor? ¿Dónde estás?
—Mmm… tengo algo que hacer. Llego más tarde.
Evaldo quiso preguntar más, pero ella colgó sin darle chance.
No supo qué decir.
Se quedó con ese sonido en la cabeza… y sintió como si le hubiera caído el mundo encima.
Luego llamó a los guardaespaldas y se enteró de que Sania les había ordenado que no la siguieran.
Listo: todo olía a que se había ido a “hacer de las suyas”.
Las luces de la calle estiraban su sombra. Evaldo se puso un abrigo; el aire de comienzos de invierno era frío.
A las diez, por fin vio un carro con las luces altas acercándose.
¡Era ella!
Evaldo siguió el carro hasta la mansión y se quedó mirando, con ojos llenos de reclamo, a la mujer que bajó.
Sania no lo había visto, hasta que lo tuvo enfrente.

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