Después del parto, Sania le hizo caso a su abuela y guardó reposo el doble de tiempo.
En todo ese tiempo no movió un dedo; los bebés los cuidaban entre Evaldo y la enfermera de apoyo.
La mayor parte lo hacía la enfermera, pero Evaldo aprendía con humildad, pegado a ella.
La empleada de la casa la miraba con envidia.
—Señora, he trabajado en muchas casas y es la primera vez que veo a un Sr. Camoso tan metido con los niños.
—La mayoría de los papás ni se aparece.
La empleada le contó varios chismes y Sania sonrió, tranquila.
—Sí… él es muy bueno.
En los tres días después de que ella salió del quirófano, Evaldo se quedaba mirando su abdomen y se le salían las lágrimas.
Lloraba a escondidas, creyendo que ella no se daba cuenta.
Era difícil imaginar al gran director del Grupo Camoso —ese hombre al que medio mundo quería callar para siempre— llorando bajito porque ella había dado a luz.
—Evaldo, Oti está llorando.
Él estaba calmando a su hija, y Sania no dejó que se le olvidara el hijo.
Evaldo torció la boca.
—Este mocoso es bien rebelde. Llora todos los días. Nada fuerte.
Sania no supo qué decir.
Ya harta, puso los ojos en blanco.
—A ver, cuando tú tenías dos meses, ¡seguro nunca lloraste!
—Sí, sí, tú naciste valiente, ¿no?
Evaldo vio que ella se enojó y de inmediato bajó el tono.
—No te enojes… apenas estás saliendo del reposo y ya te me alteras.
Pero cuando cargó al hijo, le hizo una mueca a Oti.
—Todo es tu culpa. Por ti me regañaron. Por tu culpa.
Oti hizo “puf puf” y le soltó un chorrito de leche directo al ojo.
El bebé salió vengativo, igualito a Evaldo.
No fue hasta que los dos cumplieron un año que Sania terminó su larguísima licencia y volvió a trabajar.
En la empresa de Evaldo no faltaba quien mandara; él iba como tres días a la semana y los otros dos se quedaba en casa con los niños.
En una entrevista le preguntaron:
—Sr. Camoso, muchos le dicen el “papá del año”. ¿Qué opina de ese apodo?
A él le dio igual cualquier comentario malintencionado.
—Pues con los ojos, ¿no? Yo sé ser papá y también sé hacer dinero. Y se los digo así: ustedes, compas, deberían ponerse las pilas. Ni les pido que me superen… con que superen la uña de mi dedo me conformo.
Los reporteros hombres se pusieron morados de coraje, pero no se atrevieron a decir nada.
Cuando volvió a casa, Evaldo ya no tenía nada de ese carácter duro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado