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¡Oops! Casada con el chico equivocado romance Capítulo 381

—Amor, la próxima vez que comas a escondidas… acuérdate de limpiarte la boca.

Sania no supo qué decir.

Tatiana tampoco supo qué decir.

Cuando alguien se siente culpable, se pone especialmente grosero.

Sania alzó la barbilla y se le fue encima:

—¡Sí me lo comí, ¿y qué?! Evaldo, tú dijiste que me ibas a tratar bien toda la vida y ahora ni un antojo de helado me dejas.

A Evaldo le dio un dolor de cabeza inmediato. Le sobó la espalda con cuidado y le habló bajito, calmándola:

—No es que no te deje, mi amor. El doctor nos dijo que puede que te adelantes. Falta una semana para la fecha probable de parto… yo nada más tengo miedo de que pase algo.

—Ya, ya… cuando nazcan los bebés, comemos lo que quieras, ¿sí?

Sania sabía que él tenía razón. Miró de reojo el helado en la mano de su amiga y tragó saliva.

—Está bien… ¡pero cuando termine la cuarentena, voy a comer!

Evaldo le apretó la mejilla, blandita e hinchadita, con cariño.

—Claro que sí. Todo lo que quieras.

En la semana 38, Sania apenas se sentó en el baño y sintió que el vientre se le iba hacia abajo.

Lo supo: se le estaba adelantando.

Por el embarazo, habían instalado un teléfono en el baño.

En cuanto Evaldo escuchó el timbre, corrió como loco.

—¡Amor! ¿Ya vas a dar a luz?

—Sí.

Evaldo la ayudó a sentarse en la orilla de la cama. La enfermera que la acompañaba les fue revisando las cosas que debían llevar, y Lautaro bajó a encender el carro.

Se movió todo el mundo.

Era de madrugada y Sania no quiso despertar a los dos ancianos.

—Cuando amanezca les dicen. Tranquilo, yo voy a estar bien.

A Evaldo le temblaban las manos. La calmaba a ella, pero también se estaba calmando a sí mismo.

—Va a estar bien. Confiemos en el doctor.

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