En cuanto Sania recibió la llamada, salió corriendo al hospital.
Cuando Evaldo vio a la mujer de ojos hinchados lanzarse a sus brazos, le dolió el alma. Le acarició el cabello con cuidado.
—Ya no llores, amor. Perdón… te hice pasar un susto.
Sania alzó la cara. Las lágrimas le resbalaron por las comisuras rojas.
—¡Evaldo, eres un mentiroso!
—Ya lo sé… ya lo entendí todo. Todo.
Evaldo se quedó tieso, sin entender de qué hablaba.
—Amor… ¿alguien te dijo algo de mí? No les creas. Yo no tengo a nadie, solo a ti.
Aun pálido como papel, levantó la mano derecha como juramento.
Sania soltó una risa entre lágrimas.
—No es eso…
Y se le volvió a quebrar la voz.
Evaldo no supo si reír o llorar.
—Amor… ¿qué pasó? Ya no llores. Si sigues, me voy a deshacer aquí mismo.
Le limpió las lágrimas con la yema de los dedos, con una delicadeza casi temblorosa.
Entonces Sania sacó la libreta, con los dedos aún temblando.
—La vi… sin querer. Leí tu diario.
—Evaldo… ¿tú eres tonto o qué?
Con esa cara de “me vale todo”, y por dentro era el más enamorado del mundo.
Evaldo entendió al instante. Se puso incómodo.
—¿Eso…? Amor, ¿cómo que aprovechaste que estaba dormido para leer mi diario?
—Amor, es lo único que me quedaba de secreto. No te enojes. Sí, antes yo estaba medio… pero te juro que no soy un enfermo.
De verdad le daba miedo que Sania creyera eso.
Sania se inclinó y besó sus labios pálidos.
Ella lo entendía: él no explicaba porque estaba acostumbrado a dar sin pedir nada. A partir de ahora, le tocaba a ella acercarse primero.
Evaldo sonrió apenas, sorprendido por el beso.
Cerró los ojos y la sostuvo por la nuca.
Sus respiraciones se mezclaron y el aire del cuarto pareció calentarse.
Jacob, mirando por la rendija de la puerta, se giró de inmediato.
No sabía ni dónde meterse.
Sandro y los demás se enteraron de que Evaldo había despertado y venían por el pasillo.
—Jacob, ¿por qué estás afuera? ¿Evaldo dónde está? ¿No me digas que otra vez lo están reanimando?

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