Sania lo tranquilizó.
—No fue nada. Solo falta de sueño, estaba agotada.
Se quedaron un rato en el hospital y luego Sania los mandó a todos a casa.
Evaldo también quería que Sania se fuera a descansar, pero ella, terca, no quiso.
Así que pidieron que metieran una cama extra en la habitación.
Ninguno volvió a mencionar lo del diario.
Poco a poco, mucha gente fue a visitar a Evaldo.
Cuando al final llegaron Tatiana y Teodoro, Evaldo les pidió que avisaran que ya no viniera nadie más.
Estaba harto. Solo quería estar con su esposa.
Tatiana abrazó a su amiga.
—Sani, ya pasó lo peor. Cuídate, por favor.
Sania asintió.
—Sí. ¿Y tú con Teodoro cómo van?
Tatiana se puso roja.
—Pues… ahí vamos.
Sania notó la cara y la molestó.
—¿Y esa cara? ¿Hace calor o qué?
Tatiana la fulminó con la mirada; sabía que Sania preguntaba a propósito.
Sania dejó de molestarla.
—Ya, Taty. Yo solo quiero que seas feliz. Te veo de buen ánimo y eso me da gusto.
—¡Ajá! —Tatiana hizo un puchero—. En fin… ahí vamos. Solo diré que ya no me cae tan mal.
Cuando se fueron, por fin el cuarto quedó en calma.
El hombre, orgulloso y mandón, hizo que juntaran las dos camas. Con una mano conectada al suero, con la otra le daba cerezas a su esposa.
—¿Dulces?
—Sí, bien dulces —Sania respondió, disfrutando.
Los ojos de Evaldo se oscurecieron.
—Entonces déjame probar.
Se inclinó para besarla.
Pero justo en ese momento tocaron la puerta.
Ninguno esperaba que fuera Marco.
Evaldo sabía que Marco había ayudado un poco, pero tampoco tanto.
—¿Y tú qué haces aquí?
—Vine a verte.
Marco miró a Sania.
—Sani, quiero hablar con él a solas.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado