Apenas se subió al carro, a Sania se le fue la fuerza del cuerpo.
Ramona estaba impresionada con su aguante. Era difícil creer que esa mujer estuviera embarazada de gemelos.
—Sani… duérmete un ratito, ¿sí? —Ramona ya no podía ocultar lo mucho que le dolía verla así.
Sania negó con la cabeza.
—Ramona, no me atrevo a dormir.
Tenía miedo de despertar y que todo lo bonito que había vivido se hubiera vuelto un sueño.
Tenía miedo de que a Evaldo le pasara algo… de que llegara la peor noticia.
—Tranquila. Roque no va a dejar que le pase algo a su hermano.
Esa frase, apenas, le dio un poco de aire a Sania.
—
Evaldo despertó a medias. Tenía los ojos cubiertos con un antifaz grueso, y las manos y los pies amarrados con cadenas.
Se encogió en el suelo, se movió un par de veces y notó que era casi imposible soltarse. Entonces aguzó el oído para entender dónde estaba.
Se oyó un chirrido: una puerta de madera abriéndose.
El hombre traía un modulador de voz.
—¿Ya despertaste?
Evaldo alzó la cabeza hacia donde venía el sonido.
—Julián.
Lo dijo con tanta seguridad que al otro casi se le sale el corazón.
Julián estuvo a punto de soltar: “¿Cómo supiste que era yo?”, pero se contuvo para no caer en el juego.
—No sé de qué Julián hablas. Evaldo… ¿cuánto crees que vale tu vida?
Evaldo hacía mucho que no veía a alguien tan ignorante y tan valiente a la vez… venían a secuestrarlo a él.
—Ah, ¿tú qué crees? ¿Te sirve un millón de dólares?
Su voz siguió tranquila, como si estuviera negociando un contrato.
—Si lo que quieres es dinero, con eso te largas del país y no te encuentra nadie.

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