Sania asintió con la cabeza hacia él.
—Perdón… hace rato me dejé llevar.
—Pero si ese día no me hubieras detenido para hablar conmigo, a Evaldo no le habría pasado nada.
—No necesito que me ayudes. Puedes seguir con tu vuelo.
Marco se quedó quieto. Miró el boleto de avión que tenía en la mano, se le escapó una sonrisa amarga y, sin decir nada más, lo tiró al basurero de al lado.
—
Sania jaló a Ramona y no volvió a la casa de siempre, sino que se fue directo con la familia Talco.
Ramona nunca la había visto tan fuera de control.
—Sani, lo de ajustar cuentas lo vemos después. Estás embarazada, no vayas a hacerte daño.
Sania sentía el cuerpo helado. Solo quería ver a Evaldo cuanto antes.
—Ramona… ¿soy una inútil?
—¿De verdad soy una salada?
Ramona la abrazó con fuerza.
—No digas tonterías. La que hizo algo malo no fuiste tú.
—No te castigues por los errores de otros. Tranquila, Roque va a sacar a su hermano de esta.
Cuando llegaron con la familia Talco, ya era tarde; en la casa todos estaban acostados descansando.
Ese día, por suerte, Lando también estaba ahí.
A las once de la noche, la puerta principal empezó a retumbar a golpes.
Lando se despertó sobresaltado y frunció el ceño.
—¿Quién anda afuera? ¿A estas horas?
Se puso una chamarra y se asomó por la ventana. Abajo vio una silueta que no esperaba.
Bajó a abrir. Al ver a su sobrina con la cara encendida de rabia, se quedó pasmado.
—Sani… ¿qué pasa contigo?
Sania lo miró con frialdad.
—¿Sabes dónde está Julián?
—Ahora mismo está metido en un secuestro: tiene a mi esposo. Si tú sabes algo y te lo guardas, después te voy a demandar como cómplice.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡Oops! Casada con el chico equivocado