Tobías también se quedó un segundo congelado.
—No, no fue… Hoy el jefe dijo que no le llamáramos.
Sania insistió:
—Entonces, por favor, pregunta también si alguien ha visto a Evaldo. Yo voy a llamar a Jacob.
Sania, desesperada, empezó a marcar por todos lados, pero todos decían lo mismo: nadie había visto a Evaldo.
Bajó corriendo, con el corazón en la garganta, y justo en ese momento Roque y los demás regresaban.
Con los ojos rojos, los miró.
—Roque… ¿has visto a Evaldo?
Roque notó de inmediato que algo andaba mal.
—No. ¿Pero si en la boda estuvo todo el día, no?
Sania le contó, a toda prisa, cómo había pasado todo. Roque, con su olfato fino, captó que aquello no sonaba normal.
Le habló suave para calmarla:
—No pasa nada. Yo voy a mover contactos y averiguar qué pasó. Ramona, acompaña a Sani.
Su cuñada estaba embarazada; había que mantenerla tranquila sí o sí.
Sania se sentó en el sillón, como si le hubieran apagado el alma.
Ramona la rodeó con un brazo.
—No va a pasar nada… Capaz solo salió a algún lado y se le olvidó avisarte, ¿no?
Era una posibilidad mínima, pero era lo único que Ramona podía decir para sostenerla.
Las lágrimas de Sania empezaron a caer una tras otra.
—Todo es culpa mía… No debí ponerme necia. No debí desconfiar. Él no es así… nunca me había alzado la voz, nunca se había enojado conmigo de verdad.
Si se hubiera dado cuenta antes, tal vez ya lo habrían encontrado.
En ese momento, Sania recibió una llamada del celular de Lautaro.
—¿Lautaro? ¿Estás con Evaldo?
Pero la voz no era la de Lautaro.
—Oye, niña… ¿tú conoces a este tipo? Está tirado dormido en el baño. Si puedes, ¿vienes por él?
Sania se quedó helada.

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