En un sótano oscuro, el hombre estaba de mal humor.
—¿No te dije que secuestraras a la mujer? ¿Y tú para qué me traes a este tipo?
—¡Yo te enseñé la foto! ¡Yo quiero a la mujer, yo quiero a Sania! —rugió Julián.
El hombre alto y flaco tenía la cara sombría.
—Esa mujer no se subió al carro, ¿y yo qué hago? Sea quien sea, primero te traje a uno. ¿No da igual?
Julián lo pensó un momento y, sí, tenía sentido.
Si el que hubiera secuestrado era a Sania, entonces su rival sería Evaldo.
No era seguro que pudiera sacar el dinero.
Y si no sacaba el dinero, estaba frito.
Julián le aventó un fajo de billetes al hombre.
—Ya. Con esto quedamos.
El alto y flaco no se conformó.
—Quiero que me pagues más. Yo investigué: este hombre es el que manda en Grupo Camoso. Tú me das cien mil, ¿no es muy poco?
Julián no esperaba que se atreviera a subir el precio.
—Ah, ¿sí? ¿Y cuánto quieres?
El hombre se pasó de listo.
—Cien. No es tanto, ¿o sí?
Julián sonrió apenas.
—¿Tanto? ¿Cómo crees que es tanto?
En cuanto terminó de hablar, sacó una navaja del bolsillo y se la clavó con fuerza en el pecho, directo al corazón.
—Nomás que me da miedo que tengas dinero… y no tengas vida para gastarlo.
—En la siguiente vida, búscate a otro para extorsionar.
Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Cayó al suelo de inmediato, con sangre escurriéndole por la comisura de los labios.
Tal vez hasta el último segundo no pudo creer que iba a morir así de rápido.
Julián buscó un costal, metió el cuerpo y lo dejó en otro cuarto.
Luego se dio la vuelta y fue al cuarto donde tenían encerrado a Evaldo. Por suerte, no se había despertado.
Aun así, Julián no se quedó tranquilo: le puso más grilletes, asegurándose de que no pudiera escaparse, y recién entonces se relajó.
Si matar a uno era matar, mejor los mataba a todos y así no se preocupaba de que alguien fuera a buscar venganza.

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