Luego miró a Marco con fastidio.
—¿Qué hay que hablar entre nosotros?
La garganta de Marco se llenó de amargura.
—Sani… no somos enemigos.
No, no eran enemigos. Incluso, alguna vez fueron una pareja cercana.
Solo que esa relación… él nunca la reconoció.
Sania lo miró con calma.
—No. No somos enemigos. Pero tampoco somos amigos. Somos dos desconocidos que solo se saben el nombre.
Sus palabras le clavaron algo en el pecho a Marco.
Él parpadeó y sonrió con amargura, dándole su última bendición.
—No te quería decir nada más. Solo supe que estás embarazada y… felicidades. Me voy del país, a Europa. No sé si vuelva. Puede que hoy sea la última vez que nos veamos.
“Última vez”. Marco quería mirar bien ese rostro que alguna vez le gustó.
Quería ver a la chica que él mismo perdió, y desear que esa sonrisa feliz no se le borrara nunca.
Sania no sintió nada. Ni siquiera entendía por qué Marco se ponía dramático.
¿No fue él quien rompió todo con sus propias manos?
—Ajá. Ya.
La frialdad de su tono dejó a Marco sin palabras.
Él sabía, con claridad, que ella ya no sentía nada por él.
Ni siquiera podía engañarse.
—Si algún día ese tipo te trata mal… puedes llamarme.
Sania sonrió con burla.
—No creo que mi esposo te dé esa oportunidad. Y aunque la diera, yo no te llamaría.
—Ya me voy.
No dijo adiós. Sania se dio la vuelta y se fue.
Marco se quedó quieto un buen rato, y luego se le torció la boca en una sonrisa sin ganas.

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