La noche se fue cerrando. Evaldo se quedó apoyado junto a un poste de luz, abajo del edificio de Sania.
La lluvia era tan finita que casi no se veía. Él esperó ahí, mojándose, con la cabeza levantada hacia la ventana del departamento de ella. Por el borde de la cortina color crema se colaba una luz borrosa.
[¿Ya te dormiste?] En realidad, ni hacía falta preguntar.
Tal cual: apenas lo envió, arriba apareció “la otra persona está escribiendo…”.
[Todavía no. ¿Ya terminaste allá?] respondió Sania, recargada en la ventana.
Pero cuando vio lo que él escribió después—
[Sí. Estoy abajo de tu edificio.]
Sania se quedó helada.
Sin pensarlo, agarró una chamarra y tecleó:
[Espérame, bajo en un minuto.]
Habían quedado en dormir separados y no verse esa noche, para que el ritual de mañana se sintiera más especial.
Sania no esperaba que él apareciera así.
Miró los números del elevador subiendo y sintió que el tiempo se arrastraba.
Cuando por fin se abrieron las puertas y se topó con los ojos de Evaldo, medio sonrientes, el corazón se le aceleró.
Hizo puchero y se quejó:
—¿No habíamos quedado en no vernos hoy?
Pero en los ojos se le notaba la risa.
Evaldo curvó los labios, burlón.
—Me dio miedo que, sin tu esposo, no pudieras dormir.
—Vine a que me vieras tantito, para que no te dé insomnio.
Sania no aguantó y le puso los ojos en blanco.
Traía una pijama clarita, el cabello recogido flojo, con unos mechones sueltos sobre el cuello blanco.
No iba maquillada; solo se había puesto bálsamo en los labios, y se veían brillosos. La mirada de Evaldo se oscureció.
Sin decir mucho, le rodeó la cintura y la llevó al cubo de las escaleras.
Sania lo miró con atención y notó que tenía las orejas un poco rojas, y también las mejillas.
—¿Tomaste? —arrugó la nariz.
Evaldo acercó la cara.
—No mucho. ¿No me crees? A ver, huélame.
Sania levantó la mano y le dio una palmada para apartarlo.

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