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La Patrona y sus Trillizos: El exesposo rogón romance Capítulo 195

La muchacha ya le había aclarado que no le permitían usar su celular en horas de trabajo, y total, ni siquiera se conocían.

Sin embargo, no le quedaba de otra; si estaba incomunicada, no iba a tener manera de localizar a Martina.

Al ver que la enfermera mantenía la cabeza agachada, Erika asumió que lo estaba dudando, así que se la jugó.

Bajó el volumen de su voz y, con un dejo de tristeza, insistió:

—Señorita, para serle sincera... me trajeron a la fuerza y mis seres queridos ni enterados están de que estoy aquí. Seguramente me andan buscando como locos. Ándele, sea malita y présteme su teléfono, ¿sí?

La enfermera frunció el ceño con inquietud y miró un par de veces de reojo hacia la puerta. Después de mucho dudarlo, terminó escupiendo la verdad.

—Señorita Milán... híjole, me pongo en su lugar, pero... el señor Ramírez nos dejó bien claro a todos que nos tiene estrictamente prohibido prestarle cualquier celular. Y aparte... dejó unos guaruras allá afuera...

Erika se quedó paralizada al escuchar eso.

Apretó las cobijas con fuerza, tragándose el coraje.

Su plan maestro se había ido por el caño.

Claro... debió de habérselo imaginado.

Él era un hombre tajante, lo que decía, lo cumplía a rajatabla.

Se lo advirtió; iba a hacerla reposar y en cuanto mejorara, se la llevaría de vuelta a la mansión Ramírez.

Erika se recargó de forma abatida en la cabecera de la cama. La poca esperanza que le quedaba se apagó de golpe y dio paso a una amarga desolación.

Al percatarse de que estaba perdiendo el color, la enfermera no aguantó las ganas de tratar de consolarla:

—Señorita Milán, si me acepta un consejo, trate de descansar aquí y recupérese en paz. Para mí, el señor Ramírez la trata súper bien. Los platillos saludables de hoy se los hizo preparar un chef de lujo siguiendo la dieta recomendada por el especialista.

»Le soy sincera, hasta las chicas del pasillo se morían de envidia de ver que la cuida así. Aparte, en cuanto empezó a sangrar, ordenó sin falta que se hiciera todo para salvar a sus bebés.

Erika regresó a la realidad con lentitud y, dedicándole una mirada sombría a la empleada, esbozó una sonrisa irónica:

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