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En la fría sala del quirófano, Erika estaba sentada en la alta mesa de operaciones, con las piernas colgando y la mirada perdida en el equipo médico.
El personal, vestido con trajes quirúrgicos, la observaba con indiferencia.
Una de las enfermeras tomó la palabra:
—Doctor Alarcón, falta un estudio por salir. Hay que esperar cinco minutos más.
En cuanto la enfermera terminó de hablar, el médico se acercó a Erika y le dijo:
—Programamos la cirugía con prisa, al igual que los estudios preoperatorios. Si está cansada, puede recostarse y descansar un poco.
Erika levantó la cabeza poco a poco, miró al médico con ojos vacíos y volvió a bajarla.
De pronto, Erika soltó una carcajada grave, casi desquiciada.
Tal como había dicho la enfermera, pasaron cinco minutos y se escucharon toques apresurados en la puerta del quirófano.
La puerta se abrió y la enfermera que llamó informó con angustia:
—Doctor Alarcón, el reporte de la señorita Milán... Indica que tiene una afección cardiovascular. Mire los resultados, el diagnóstico señala que no es apta para un aborto inducido...
El doctor Alarcón frunció el ceño, tomó la hoja y, tras analizarla un momento, murmuró para sí mismo:
—Qué raro. Si tuviera este problema, los indicadores de los otros estudios también habrían salido alterados. ¿Por qué solo este reporte muestra esto...?
La enfermera echó un vistazo rápido hacia el interior y, al notar que Erika ni se había acercado ni los miraba, se arrimó al médico y susurró:
—Doctor Alarcón, sé que somos un equipo privado y debemos seguir las órdenes del señor Ramírez, pero el médico que sacó el reporte dice que si forzamos la cirugía, podríamos matarla. Mejor informémosle de la situación al señor Ramírez.
El doctor guardó el papel y regresó a la sala.
En algún punto, Erika se había hecho bolita sobre la camilla.
El doctor la observó, dudó un segundo y habló con cuidado:


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