—Contéstame —exigió Valerio con un innegable tono de autoridad.
La mirada de Erika pasó sobre él con ligereza y replicó con una voz perfectamente plana:
—Soy una mentirosa. Y los mentirosos no decimos la verdad.
Apenas terminó de hablar, Valerio le acercó el rostro de golpe, a tal punto que ella sentía su respiración.
Erika se hizo hacia atrás por instinto, pero él la acorraló sin darle tregua.
—¿Estás buscando que te vuelva a besar? —Una sonrisa imperceptible se dibujó en los labios de Valerio, cargada de una extraña insinuación.
Se hizo un silencio incómodo por parte de Erika. Se quedó sin saber qué responder; en cuanto tuviera la oportunidad, metería a ese infeliz en un hospital psiquiátrico para que le checaran la cabeza.
Erika disimuló su efímero desconcierto volteando la cara y, de muy mala gana, respondió:
—No sé, lo traigo desde que era niña. Si tanta curiosidad tienes, ve a preguntarle a Penélope.
Al soltar su rápida respuesta denotó cierto fastidio. Por lo que recordaba, aquel collar siempre la había acompañado.
Muchas veces le había preguntado a Penélope al respecto.
Pero la mujer siempre se iba por las ramas.
Hasta que un día, en una rara ocasión en la que la trató con amabilidad, Penélope le dijo que llevarlo le traería suerte.
Y como lo traía puesto desde su infancia, le había agarrado cariño; por eso jamás se lo quitó.
Lástima que ahora el adorno ya había sido tirado a la basura por culpa del hombre que tenía enfrente.
Valerio, al escuchar a Erika asegurar que portaba la joya desde la niñez, se llenó de dudas.
Recordaba perfectamente que Lorena también le había dicho lo mismo sobre su propio collar.
Aunque se trataba del mismo artículo, los orígenes y estatus de Lorena y Erika eran como el agua y el aceite; parecía imposible que hubiera un lazo de sangre entre las dos.
Además, en cuanto vio el collar de Lorena, mandó a investigarlo todo.
Erika contaba con su acta de nacimiento, y el documento coincidía a la perfección con la fecha de parto y el hospital en el que Penélope había dado a luz.

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