Tardó alrededor de una hora en que Valerio por fin hiciera su aparición en la habitación.
Erika se levantó despacio del sillón y le habló con tono tranquilo:
—Como sea, gracias por lo de hoy. Pero no puedo quedarme a vivir aquí.
Valerio empezó a desabotonarse el cuello de la camisa mientras caminaba directo hacia el sillón para sentarse.
Fijó sus ojos en ella y, unos segundos después, sus labios se movieron ligeramente:
—Ya te lo dije, la cárcel o esta casa, elige una.
El tono de Valerio llevaba una determinación imposible de contradecir.
Erika ya se imaginaba que le iba a contestar eso. Sonaba muy bonito que la dejara «elegir», pero, ¿quién sería tan imbécil de escoger la cárcel?
Ella le sostuvo la mirada con firmeza y soltó sin alterarse:
—Valerio, no tienes derecho a mantenerme encerrada aquí.
Erika lo fulminó con la vista, sin dar su brazo a torcer ni mostrar el menor signo de miedo.
Al escuchar eso, Valerio frunció el ceño, dejando ver una pizca de molestia en sus ojos.
Se levantó lentamente y se plantó justo enfrente de ella.
La inmensidad de su cuerpo y esa presencia intimidante hicieron que Erika sintiera de golpe una fuerte presión en el pecho.
Empezó a respirar de forma acelerada por el puro instinto, pero aun así se mantuvo clavada en el mismo lugar, firme y decidida a no bajar la mirada.
Los ojos de ambos chocaron como chispas, como si estuvieran en medio de una guerra silenciosa.
Después de un largo rato, Erika volvió a alzar la voz:
—Ya te dije que si quieres una prueba de paternidad, saca la cita y yo iré por mi cuenta. Ya estamos divorciados, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir?
Valerio dio un paso al frente, acorralándola. Su mirada era cortante, incisiva.
A Erika se le puso la piel de gallina.
Retrocedió de manera involuntaria; aunque su corazón iba a mil por hora, su rostro intentaba, con todas sus fuerzas, mantener una máscara de tranquilidad.
Cuando topó con la pared y ya no tuvo para dónde hacerse, los brazos de Valerio rodearon su cintura en un instante.
Y terminó pegada por completo a él.

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