El aire en el sótano se volvió más pesado, sofocante. Aslin sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando la figura oscura del hombre dio un paso más hacia ella.
Las sombras ocultaban su rostro, pero ella lo recordaba. Lo recordaba demasiado bien.
Las manos enguantadas. La bata blanca. El frío del metal contra su piel infantil.
Y la aguja.
El pánico le oprimió el pecho.
—No… —susurró, su voz apenas un hilo tembloroso.
El hombre se detuvo justo frente a ella. Su silueta era imponente, pero no necesitaba verla para saber que la estaba observando con aquel mismo interés clínico de antes. Como si ella no fuera más que un experimento.
—Has crecido. —Su voz sonó tranquila, analítica.
Aslin sintió un nudo en la garganta. Sus manos, atadas con cadenas a la tubería, se cerraron en puños.
Pero entonces, su mente registró el verdadero peligro.
Instintivamente, su cuerpo reaccionó. Su mano libre se deslizó sobre su abultado vientre, protegiéndolo.
El hombre lo notó.
El silencio se volvió insoportable.
—Vaya, vaya… —Sibil dejó escapar una risita maliciosa—. Esto sí que es un giro interesante.
El pulso de Aslin se disparó. No. No. No.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza, observándola con renovado interés.
—Esto cambia muchas cosas.
Las palabras fueron suaves, casi pensativas, pero a Aslin le retumbaron como una sentencia.
—No… —murmuró con un temblor en la voz.
Sibil sonrió con burla.
—Oh, querida, ¿qué te pasa? ¿No quieres compartir este hermoso milagro con nosotros?
Aslin sintió que el terror la envolvía. No era ella quien les interesaba ahora. Era el bebé.
—Aléjense de mí —gruñó, tirando de las cadenas con desesperación.
Sibil chasqueó la lengua, negando con fingido pesar.
—Tienes que aprender a compartir, Aslin. Después de todo, el doctor está ansioso por ver qué tan especial es esa criatura que llevas dentro.
Aslin sintió un vuelco en el estómago.
El hombre extendió una mano enguantada hacia su vientre.
—Necesitaré hacer algunas pruebas.
El pánico se convirtió en furia.
—¡No me toques!
Intentó apartarse, pero las cadenas la mantenían prisionera. Su vientre de siete meses dificultaba moverse con rapidez, pero luchó con cada fibra de su ser.


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