POV : Tercera Persona
La finca se alzaba en medio de la niebla como un recuerdo que se niega a morir. Antiguo, imponente, el caserón se escondía entre árboles torcidos y caminos cubiertos de hojas secas, como si la propia naturaleza intentara olvidar su existencia. Las verjas de hierro forjado se abrieron sin que Demon dijera una sola palabra, como si reconocieran su presencia. El auto avanzó lento por el camino de piedra, las ruedas crujían sobre la grava como si los huesos del pasado se quejaran bajo su peso.
Al llegar a la entrada principal, las puertas se abrieron con un chirrido gutural. Como siempre, la oscuridad fue lo primero en recibirlo. Esa oscuridad espesa, casi viva, que parecía abrazar los muros de la mansión con dedos largos y fríos. Demon dio unos pasos dentro, ya acostumbrado al peso del aire, a esa atmósfera cargada de algo que no podía explicarse con palabras.
Un leve carraspeo rompió el silencio.
—Bienvenido, señor Demon —dijo una voz rasposa, con la gravedad que solo los años y el silencio pueden otorgar.
Era Halden, el mayordomo. Un hombre de rostro arrugado como un pergamino olvidado, con el cabello completamente blanco y una postura encorvada que, sin embargo, no le restaba dignidad. Llevaba más de seis décadas sirviendo en esa casa, y aunque ya debía haberse retirado, seguía allí. Como parte del mobiliario. Como una sombra más.
—Lo está esperando en el despacho —añadió, haciendo un gesto para que lo siguiera.
Caminaron en silencio por largos pasillos alfombrados, entre cuadros cubiertos con sábanas, muebles antiguos, y candelabros apagados que alguna vez iluminaron bailes y conspiraciones. El tiempo parecía detenido dentro de esos muros. El único sonido era el de sus pasos y, de vez en cuando, el crujido de la madera bajo sus pies, como si la casa murmurara en un idioma antiguo.
Finalmente, Halden se detuvo ante una puerta doble de roble. Golpeó dos veces, esperó un segundo, y la abrió sin esperar respuesta.
—Con permiso —murmuró, e hizo una leve reverencia antes de retirarse.
Demon entró, y como siempre, fue recibido por la penumbra. Solo una lámpara encendida detrás del escritorio rompía la oscuridad. El ambiente olía a tabaco, cuero viejo… y perfume femenino.
—Señor —dijo, inclinando la cabeza con respeto—. Me reuní con Carttal. Todo va de acuerdo al plan.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La novia Rechazada