Las horas que siguieron fueron un torbellino de dolor, desesperación y miedo. Aslin sentía cómo su cuerpo se tensaba con cada contracción, cada ola de dolor que la desgarraba desde dentro. El tiempo dejó de tener sentido mientras luchaba por respirar, por soportar el tormento de un parto que parecía no querer terminar.
Carttal nunca se separó de ella. Sostuvo su mano con fuerza, murmurándole palabras de aliento, asegurándole que todo estaría bien, aunque por dentro estaba igual de aterrorizado. Ethan y Kael hicieron lo posible por preparar la habitación improvisada para el parto, desinfectando todo lo que podían, trayendo agua caliente y toallas. Pero nada podía suavizar la brutalidad del momento.
—Tienes que empujar, Aslin —dijo Ethan con urgencia.
Aslin negó con la cabeza, el sudor perlaba su frente, sus labios temblaban de agotamiento.
—No puedo… —jadeó—. No puedo más…
Carttal la tomó del rostro con ambas manos, obligándola a mirarlo.
—Sí puedes —su voz era firme, pero había una dulzura subyacente que ella rara vez escuchaba en él—. Aslin, escúchame. Solo un poco más, ¿de acuerdo? Lo estás haciendo bien.
Aslin soltó un sollozo. Sentía su cuerpo romperse en mil pedazos, pero se aferró a la única certeza que tenía: tenía que traer a su hijo al mundo. Así que, con un grito desgarrador, reunió las últimas fuerzas que le quedaban y empujó.
El llanto del bebé rompió el silencio de la habitación.
Ethan y Kael se movieron rápidamente, limpiando al recién nacido y envolviéndolo en una manta mientras Aslin se desplomaba contra el pecho de Carttal, jadeando con lágrimas en los ojos.
—Es un niño —anunció Ethan, colocando al pequeño en los brazos de Aslin.
Ella lo miró, incapaz de creerlo. Su hijo. Su bebé. Pequeño y frágil, con la piel rosada y el cabello oscuro como la noche. Carttal pasó un brazo alrededor de ella, observando al niño con una mezcla de asombro y alivio.
Pero antes de que pudieran disfrutar del momento, Aslin se tensó de nuevo.
—No… —jadeó, con los ojos muy abiertos—. No ha terminado.
El terror regresó al rostro de Carttal.
—¿Qué?
Ethan la examinó rápidamente y maldijo en voz baja.
—¡Hay otro bebé!
El mundo se desmoronó alrededor de ellos. Aslin sintió una nueva oleada de dolor mientras su cuerpo volvía a entrar en trabajo de parto. No había descanso, no había tregua. Gritó de nuevo, sintiendo que se desgarraba por dentro, pero no se detuvo.
Otro llanto inundó la habitación momentos después. Otro bebé.
—Es una niña —informó Kael, limpiándola y entregándola a Aslin, que apenas podía sostenerlos a ambos.
El asombro en el rostro de Carttal era absoluto. Dos hijos. Había venido preparado para uno, pero ahora tenía dos pequeños en sus brazos, suyos y de Aslin.
Pero antes de que pudiera siquiera procesarlo, Aslin jadeó de nuevo.
—No puede ser… —susurró con el rostro pálido.
Ethan maldijo de nuevo.
—¡Hay un tercero!
Carttal sintió cómo el aire abandonaba sus pulmones. Tres. Tres hijos.
Aslin gritó una última vez, su cuerpo al límite, y finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el último llanto resonó en la habitación.
—Otro niño —murmuró Ethan con incredulidad.
Aslin apenas podía mantenerse despierta. Estaba completamente exhausta, sus fuerzas la abandonaban mientras observaba a los tres pequeños en sus brazos.
Carttal, sin palabras, acarició el rostro de cada uno con un miedo nuevo creciendo en su interior. Ahora no solo tenía a Aslin para proteger.
Ahora tenía una familia.
***
La calma después del torbellino del parto era algo irreal. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una lámpara tenue. Carttal estaba sentado al borde de la cama, observando a Aslin con los tres pequeños en sus brazos. Su esposa se veía agotada, pero había una paz en su rostro que nunca antes había visto en ella.
Los bebés estaban dormidos, envueltos en mantas suaves, sus diminutas manos cerradas en puños. Carttal aún no podía creerlo. Sabía que esperaba un hijo, pero tener tres de golpe lo dejaba en un estado de asombro absoluto.
—Son tan pequeños… —susurró, extendiendo una mano con cautela para acariciar la mejilla del niño mayor, que parecía ser el más inquieto—. No puedo creer que los hicimos nosotros.
Aslin soltó una risa débil, aunque sus ojos seguían fijos en los bebés.
—Yo tampoco… pero aquí están.
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