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La novia Rechazada romance Capítulo 103

El silencio en la cabaña era casi opresivo. Carttal sentía la tensión en el cuerpo de Aslin, la forma en que sus dedos temblaban ligeramente al aferrarse a su camisa. Su mente trabajaba rápido, intentando encontrar las palabras correctas para calmarla, pero ¿cómo se podía suavizar algo así?

Después de unos segundos, Aslin se apartó lentamente de su abrazo. Su mirada, aún brillando con la sombra del shock, se clavó en la de él.

—Dices que mi madre era Isabela Lisboa… ¿qué significa eso para mí? —su voz era apenas un susurro, pero la incertidumbre en ella era evidente.

Carttal tomó una profunda bocanada de aire.

—Significa que eres la última Lisboa. Y si ellos descubren que sigues con vida… intentarán recuperarte.

Los ojos de Aslin se llenaron de terror. Instintivamente, llevó las manos a su vientre, protegiendo la vida que crecía dentro de ella.

—No… no puedo ser parte de eso —murmuró, sacudiendo la cabeza.

Carttal le tomó las manos, asegurándose de que lo mirara.

—No eres parte de eso, Aslin. No eres ellos.

Ella cerró los ojos con fuerza, respirando entrecortadamente.

—Pero lo soy, Carttal. En mi sangre… en mi historia. Siempre supe que había algo que no encajaba conmigo, pero nunca imaginé esto.

Carttal acarició su mejilla con ternura.

—Eso no cambia quién eres ahora. Ni lo que somos tú y yo.

Aslin tragó saliva, su mirada volviéndose vulnerable.

—¿Y si cambia cómo me ves?

Carttal frunció el ceño.

—No seas tonta. Te amo, Aslin.

Ella desvió la vista, claramente luchando con sus propios pensamientos.

—Si la familia Lisboa sigue operando… si siguen buscando a alguien con mi sangre… significa que aún hay más detrás de todo esto.

Carttal asintió con gravedad.

—Lo sabemos. Y por eso vamos a protegerte.

Pero Aslin no parecía convencida.

—¿Y si nunca termina, Carttal? ¿Y si este bebé tiene que vivir siempre huyendo por mi culpa?

La voz de Aslin se quebró al final, y eso le partió el alma.

Carttal se inclinó hacia ella, apoyando su frente contra la de Aslin.

—No estás sola en esto. No dejaremos que te encuentren.

Pero Aslin no solo tenía miedo de los Lisboa.

Tenía miedo de sí misma.

A la mañana siguiente, la luz dorada se filtraba por las cortinas de la cabaña cuando Aslin despertó. Su mente aún estaba nublada por la tormenta de emociones de la noche anterior, pero el peso de la verdad seguía ahí.

Se levantó lentamente, sintiendo el peso de su vientre. Carttal estaba despierto, sentado junto a la ventana con la mirada perdida en el bosque.

—No has dormido —dijo ella con suavidad.

Carttal giró la cabeza y le sonrió débilmente.

—No podía.

Aslin se acercó y se sentó junto a él.

—¿En qué piensas?

Carttal entrelazó sus dedos con los de ella.

—En qué hacer ahora. En cómo protegerte.

Aslin mordió su labio, su mente trabajando con rapidez.

—Tenemos que saber más sobre los Lisboa. Si todavía tienen influencia, si alguien más sabe de mi existencia… No podemos quedarnos en la oscuridad.

Carttal la miró con atención.

—¿Quieres investigarlos?

—Quiero saber con qué estamos lidiando —dijo ella con firmeza.

Carttal admiraba su determinación, pero sabía que no sería fácil.

—Ethan y Kael pueden ayudarnos. Si hay registros sobre tu madre o cualquier actividad reciente de los Lisboa, ellos los encontrarán.

Aslin asintió.

—Entonces empecemos.

Carttal la besó en la frente.

—Lo haremos. Juntos.

Pero ninguno de los dos sabía que alguien ya los estaba buscando.

Y que el pasado de Aslin estaba más cerca de alcanzarla de lo que imaginaban.

Dos meses despues

La mansión era un refugio seguro, pero también una prisión disfrazada de lujo. Durante los últimos dos meses, Carttal había reforzado la seguridad, asegurándose de que ningún rastro de Aslin llegara a los Lisboa. Ethan y Kael rastreaban información sobre la familia, pero hasta ahora, no había señales de movimiento por su parte.

A simple vista, todo estaba en calma.

Pero la calma nunca duraba demasiado.

—Estás inquieto —comentó Aslin, sentada en el borde de la cama mientras Carttal se ponía la camisa.

Él miró su reflejo en el espejo y suspiró.

—Me preocupa que haya sido demasiado fácil.

Aslin se acomodó una almohada en la espalda y acarició su vientre de ocho meses y una semana.

—Quizás realmente me dieron por muerta.

Carttal la miró con el ceño fruncido.

—Eso no me tranquiliza.

Aslin soltó una risa suave.

—Lo sé. Nunca te tranquiliza nada.

Carttal se acercó y se inclinó para besarla con suavidad.

—Tienes razón. No me tranquiliza nada cuando se trata de ti.

Aslin cerró los ojos un segundo, disfrutando la sensación de seguridad que Carttal le daba. Pero en el fondo, ella también tenía miedo.

Tres semanas para dar a luz.

El tiempo avanzaba sin detenerse, y cada día se hacía más evidente que el bebé llegaría pronto.

Aslin había pasado las últimas semanas preparando todo. Su habitación en la mansión estaba lista, con una cuna de madera en la esquina, ropa diminuta doblada en una cómoda y peluches alineados en un estante.

—Nunca imaginé que mi hijo nacería aquí —susurró Aslin una noche, mientras Carttal acariciaba su vientre.

—¿Aquí es malo? —preguntó él, observándola.

Aslin negó con la cabeza.

—No. Pero tampoco es realmente libertad.

Carttal apretó la mandíbula.

—Sé que no quieres vivir escondida, Aslin.

Ella tomó su rostro con ambas manos.

—No quiero vivir escondida. Pero tampoco quiero que nos encuentren.

Carttal suspiró.

—No dejaré que nos encuentren.

Pero Aslin sabía que, tarde o temprano, el pasado vendría por ellos.

Y la tormenta aún no había llegado.

POV : Aslin

Había días en los que la mansión se sentía como un refugio, y otros en los que se volvía una jaula dorada.

Hoy era uno de esos días.

El sol apenas comenzaba a ocultarse en el horizonte cuando me acomodé en el sofá de nuestra habitación. Mi vientre era enorme, mi cuerpo se sentía pesado y cada movimiento requería un esfuerzo. Llevaba casi dos meses aquí, en este lugar seguro que Carttal había construido para protegernos, pero la sensación de encierro se volvía cada vez más insoportable.

Mis dedos acariciaban distraídamente la tela del vestido suelto que llevaba mientras observaba la cuna de madera en la esquina. Todo estaba listo para la llegada del bebé: la ropa doblada en la cómoda, los pequeños zapatos alineados con precisión y los peluches esperándonos con una inocencia que yo ya no tenía.

Pero algo dentro de mí no estaba en paz.

Capítulo 103- La tormenta en el horizonte 1

Capítulo 103- La tormenta en el horizonte 2

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