Hospital de la Santa Caridad
Patricia cavó su propia tumba; al intentar abofetear a Karina se lastimó la cintura.
Originalmente le dolía tanto que no podía moverse.
Pero al ver a Selena de rodillas en la sala, llorando y pidiéndole perdón a Boris, olvidó todo el dolor en un instante.
Se abalanzó, agarró a Selena del hombro con una mano y le dio dos cachetadas seguidas.
Selena gritó agudamente por los golpes.
—Señora, señora cálmese, no fue mi culpa.
—Zorra, si no es tu culpa ¿de quién es? De verdad estaba ciega, pensé que eras una niña buena y dulce, pero resultaste ser una zorra cualquiera... igual de corriente que tu madre, esa prostituta.
Patricia le dio otra cachetada a Selena, escupió y siguió insultando:
—El objetivo de seducir a mi Fabio era mantener a tu madre prostituta... Fabio tiene el corazón blando contigo, pero yo no. Todo el dinero que gastaste estos años, me lo vas a devolver.
Boris no podía ni ver el escándalo de verdulera que hacía Patricia.
Giró la cabeza hacia otro lado.
Si fuera en otro momento, sentiría que la conducta de Patricia lo hacía perder prestigio.
Pero hoy, sentía que los insultos de Patricia se quedaban cortos.
Selena había tratado a toda la familia como monos de feria, provocando dos veces pérdidas indirectas de cientos de millones a Andes Chip; su crimen era imperdonable, merecía lo peor.
Aunque la picaran a ella y a su madre en pedacitos y las vendieran gramo por gramo, no pagarían las pérdidas de Andes Chip.
No se la dejaría barata a ese par de madre e hija, él no hacía negocios con pérdidas...
Cuanto más pegaba Patricia a Selena, más se enojaba.
Recorrió la sala con la mirada, agarró el florero, el cenicero, libros, lo que veía se lo aventaba a Selena.
Los gritos de Selena eran constantes.
El escándalo despertó a Caro, que dormía en la habitación.
Preguntó molesta: —Belén, ¿qué es ese ruido afuera?
Belén, que estaba recargada en el marco de la puerta disfrutando el show, escuchó a Caro llamarla y cerró rápido la puerta.
La habitación VIP era amplia y el aislamiento acústico era de primera.
Al cerrar la puerta, Caro ya no escuchó claramente los golpes e insultos de afuera.
Belén le mintió: —Están ensayando una obra afuera... señorita, le voy a leer un libro.
Caro dijo sin piedad: —Belén, tú no sabes leer mucho, ¿verdad?
Belén se quedó pasmada: —Entonces léame usted, señorita.
Caro, resignada: —Yo tampoco sé leer mucho.
Belén propuso un trato:
—Leamos juntas... las palabras que usted no sepa las sé yo, y las que yo no sepa las sabe usted, seguro acabamos el libro.
El punto era que no escuchara el alboroto de afuera, para que no pidiera clemencia por Selena...
En la sala, Selena estaba empapada, le habían aventado la jarra de bebidas calientes.
Patricia se la lanzó encima.

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