Florencia sorbió por la nariz.
—Sí, haré lo que me digas. Tú tampoco te preocupes por mí.
Karina colgó el teléfono, se tomó un momento para calmarse, pidió la comida, añadió un jugo recién exprimido y se fue a casa.
Se sentía un poco decaída y necesitaba el calor de su pequeño sol, Melisa, para animarse.
Cuando sonó el timbre, Karina dejó el celular y fue a abrir la puerta rápidamente.
Pero en la pantalla del videoportero, solo estaba Ariel.
En sus brazos traía un ramo de flores.
Bueno, no un ramo, para ser exactos, era una sola flor.
Un girasol clásico, de centro oscuro y pétalos de un amarillo vibrante, rodeado por dos capas de grandes flores blancas.
Karina sonrió inconscientemente y dijo con amabilidad:
—No tenías que traer nada.
Ariel sonrió.
—Últimamente está de moda eso del valor emocional, ¿no?
—Entonces, ¿por qué una sola flor y no un ramo, profesor Solano?
—Porque soy de miras cortas y solo puedo ver una flor.
«Una persona…»
Ariel no lo dijo en voz alta, simplemente le entregó la flor a Karina.
Karina no se dio cuenta de lo hermosa que era su sonrisa al recibirla.
Era una alegría imposible de ocultar, una sonrisa que se extendía hasta sus ojos.
Todo reflejado en la mirada oscura y profunda de cierto hombre.
Había un toque de timidez, de encanto, que lo embriagaba.
—Gracias. Pero, ¿dónde está Melisa? —le preguntó Karina a un Ariel que parecía estar en las nubes.
Ariel volvió en sí, dándose cuenta de que su corazón latía un poco más rápido y sentía un cosquilleo.
Apartó la mirada del rostro de Karina, tragó saliva y dijo:
—Está arriba, no quiere bajar.
Cuando Melisa vivía en el extranjero, era una niña muy alegre y extrovertida.
Pero desde que regresó, parecía haber perdido parte de esa alegría.
—¿No le dijiste que pedí sus alitas de pollo con champiñones y cebollín, sus favoritas?



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