Selena intentaba defenderse por última vez:
—Lo de Andes Chip no tiene nada que ver conmigo, fue Karina... Fabián no contesta desde ayer, seguro Karina compró a Fabián e hizo que se cambiara el nombre a Ramiro para engañar a mi mamá... Hermano, Karina nos tendió una trampa a todos, ella es la verdadera culpable.
—Yo decidiré si ella es la culpable o no. Seli, deja de intentar lavarte las manos... Lárgate, y de ahora en adelante, no digas que me conoces.
Si él no echaba a Selena en ese momento, cuando su padre tomara cartas en el asunto, acabaría con ella sin piedad.
Aquella era la última vez que la protegía.
Fabio le hizo una seña a Esteban para que sacara a Selena del hospital a rastras.
Selena lo había acompañado durante nueve años, desde los ocho hasta los diecisiete, y mantuvieron el contacto durante los seis años que ella estuvo en el extranjero.
Pensó que cortar lazos con ella lo dejaría confundido y en conflicto.
Pero, para su sorpresa, sintió una extraña liberación...
Patricia escupió hacia la salida y dijo con odio:
—Dejarla ir así es demasiado premio. Deberíamos venderla a la trata, que trabaje las veinticuatro horas sin descanso para pagar la deuda de nuestra familia.
—Ya basta —dijo Boris con el ceño fruncido y duro como el hierro—. Dejemos el castigo de Selena para después.
—Fabio, ven acá, tenemos que hablar.
Fabio ayudó a Patricia a caminar hacia la sala de espera.
Patricia puso los ojos en blanco.
—Todo es culpa de esa maldita Karina... Mira que tú eres un buen muchacho, pero ¿por qué tienes tan mal gusto para las mujeres? Una es peor que la otra.
Fabio no dijo nada por miedo a provocar la ira de su padre.
Martín, con una sonrisa aduladora, le trajo un parche analgésico a Patricia, presumiendo que le quitaría el dolor de inmediato.
Pero la familia tenía un aire fúnebre y nadie le hizo caso.
Martín se retiró avergonzado.
Dos enfermeros entraron a limpiar el desastre de la sala.
Boris, Patricia y Fabio se quedaron platicando en la sala de espera.
Boris reprendió a Fabio con frialdad:
—Dijiste que te encargarías de la competencia de Karina contra Andes Chip. ¿El resultado? Perdiste la Casa Luz del Amor y la fábrica de empaques, perdimos quinientos millones, le diste tiempo para desarrollar dos nuevas tecnologías y dejaste que derrotara al súper reloj... Además del incidente de los tacones y ahora lo de la madre de Selena. ¡Solo para silenciar las noticias en las plataformas del Consorcio Panamericano hemos gastado sesenta millones!
—En el pasado, subestimé a Karina. Sus chips de IA y SingularTech... si en el futuro se venden como cadena de suministro, se estima que le generarán al Consorcio Panamericano más de diez mil millones, y eso sin contar el anillo inteligente, los celulares y otros productos tecnológicos...
Boris mantenía un semblante tranquilo, pero si uno se fijaba bien, la mano con la que sostenía su taza de té temblaba ligeramente.
¡¡Ese dinero debería pertenecer a Andes Chip!!
Llevaba décadas en el mundo de los negocios y sabía perfectamente que, cuanto más capaz es una persona, menos puede permitirse tenerla como competencia.
Dejó la taza sobre la mesa y sentenció:
—Karina es una amenaza mortal para Andes Chip.
Al escuchar a su padre, Fabio tuvo un mal presentimiento.
—Papá, no le hagas nada a Karina...
—¿Cómo? ¿Sigues pensando en esa mujer? Sobornó a tu guardaespaldas, te mandó a la cárcel y está a punto de arruinarte, ¿y todavía piensas en ella?
Boris golpeó la mesa con la taza; no pudo contener su furia.
Temiendo despertar a Melisa, buscó su celular a tientas y la apagó de inmediato.
Anoche, Ariel, borracho, se había ofrecido generosamente a compartirle la mitad de su cama, pero ella no aceptó.
Se fue a la habitación de Melisa y se acostó con la niña.
A la una de la madrugada se levantó para ver cómo estaba Ariel.
A las tres y media, volvió a levantarse para checarlo por segunda vez.
En ese momento, Melisa seguía profundamente dormida sobre su brazo, lo que le provocaba una sensación de satisfacción y responsabilidad por sentirse necesitada.
Como quería disfrutar un poco más de esa sensación, decidió no salir a correr hoy; abrazó a Melisa y siguió durmiendo.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya eran casi las siete.
Como era fin de semana, no tenía prisa por levantarse.
Palpó el lugar a su lado: estaba vacío.
Melisa ya no estaba en la cama.
«¿Se habrá caído?», pensó.
Karina se espabiló al instante. Se arrodilló para buscar a ambos lados de la cama, pero no vio a Melisa.
Fue a revisar al baño, pero tampoco estaba ahí.
Gritó: «¡Melisa!», y esperó dos segundos. Nadie respondió.
Se puso las pantuflas y abrió la puerta de la habitación.
La escena que tenía ante sus ojos la dejó helada.

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