Tras el arrebato de histeria, Selena se quedó boquiabierta, jadeando en busca de aire.
Agarraba el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.
Al otro lado de la línea, se hizo un silencio repentino.
Después de un buen rato, Ximena balbuceó:
—Esta vez… no iré a buscar a Fabio… Pero, hija, a ti no te faltan dos miserables millones. ¿Qué te costaba ayudarme una vez más? Prometo que intentaré no molestarte más en el futuro.
Ximena colgó.
Sin el sonido de aquella voz que la enloquecía, el corazón de Selena comenzó a calmarse poco a poco.
Ximena tenía razón: a ella no le faltaban dos millones.
Durante los seis años que pasó en el extranjero, Fabio le transfería millones y millones.
Ella no gastaba mucho y solo le daba a Ximena cien mil al mes, por lo que había logrado ahorrar una suma considerable.
Sin embargo, una transferencia de gran cantidad a Ximena podría levantar sospechas.
Además, el banco no le permitiría retirar dos millones de una sola vez.
Selena lo pensó un momento y condujo de regreso a la Hacienda de las Rosas.
En su caja fuerte guardaba las joyas que Fabio le había regalado.
El juego más caro era uno que Fabio originalmente había comprado para Karina, pero como ella no lo quiso, se lo dio a Selena.
Ese era precisamente el juego que más detestaba.
Así que, usando un cubrebocas y un sombrero, fue a casa de Ximena y, con frialdad, le arrojó la caja diciendo:
—No lo vendas por menos de seis millones.
Ni siquiera se bajó del carro. Dio la vuelta y regresó al Hospital de la Santa Caridad.
Fabio miró las manos vacías de Selena.
—¿Y la ropa que ibas a traer? —le preguntó.
El corazón de Selena dio un vuelco al recordar la excusa que había puesto para salir.
Primero, le sonrió a Fabio con timidez.

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