Karina no corrigió el apelativo; no era lo importante en ese momento.
Se giró y, con calma, dijo:
—Recuerdo que empezaste a trabajar hace cinco años. En ese entonces, Esteban te había rechazado por los antecedentes penales de tu padre, pero te quedaste parado bajo el sol, negándote a irte.
Fabián bajó aún más la cabeza.
—Así es. Acababa de casarme, mi esposa estaba embarazada y necesitaba el dinero con urgencia. Fue usted, señora, quien hizo una excepción y me contrató, dándome la oportunidad de mantener a mi familia. Cuando mi esposa dio a luz, también fue usted quien nos ayudó a conseguir una cama en el hospital y contrató a una enfermera para el posparto.
Karina asintió.
—Me alegra que lo recuerdes.
Fabián no era tonto. Sabía que si Karina lo había citado de repente en un lugar como ese para hablar del pasado, no era por una simple charla casual.
Preguntó en voz baja:
—¿Qué necesita de mí, señora?
Al ver que Fabián había entendido, Karina fue directa al grano.
—Hoy voy a pedirte que me devuelvas el favor. Necesito que hagas algo por mí. Cuando todo termine, te daré una buena suma de dinero para que tú y tu familia puedan empezar una nueva vida en el extranjero…
***
Mientras tanto, en el Hospital de la Santa Caridad.
El teléfono de Selena volvió a sonar.
Era el tono que le había asignado exclusivamente a la señora Ximena.
Fabio, sentado en un sofá no muy lejos, miró de reojo el celular que ella había dejado sobre la cómoda.
Cada nervio del cuerpo de Selena se tensó al máximo.
Corrió a tomar el celular y, nerviosa, colgó la llamada.
Al intentar presionar el botón de colgar, sus dedos temblorosos fallaron dos veces antes de acertar a la tercera.
Fabio frunció el ceño.

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