Cuando reprodujeron el video de seguridad, el ángulo no era el mejor. Las tres mujeres forcejeaban juntas y los detalles se veían algo borrosos.
Sin embargo, hubo un momento clave: justo en el instante en que Esther caía, se vio claramente cómo Eliana estiraba las manos para intentar atraparla.
Eso era suficiente para desmentir las acusaciones. Quedaba demostrado que Eliana no solo no la había atacado a propósito, sino que había intentado ayudarla.
El rostro de Esther se descompuso y rápidamente cambió su versión, llevándose las manos al vientre con voz débil:
—Yo... yo de verdad sentí que alguien me empujó. Fue todo un caos, a lo mejor fue ella quien lo hizo —dijo, refiriéndose a Valeria—. Ahora me duele muchísimo... tengo tanto miedo por mi bebé.
—Si el bebé de verdad corre peligro, podemos abrir otro caso por lesiones —interrumpió Eliana, sin darle un segundo de respiro—. Pero si los resultados médicos dicen que el bebé está en perfectas condiciones, entonces esto es una acusación falsa.
Eliana miró a los oficiales con absoluta firmeza.
—Ya que la policía está aquí, vamos a llegar al fondo de esto. No voy a aceptar que me ensucien con mentiras.
El oficial la miró y luego observó la expresión evidentemente nerviosa de Esther. Tras revisar el historial de las partes involucradas, el policía ya se había formado una idea clara de la situación.
—Las denuncias falsas tienen consecuencias legales —advirtió con seriedad.
De inmediato, el oficial fue a buscar al médico para corroborar el diagnóstico.
El reporte no tardó en llegar: el feto estaba en perfecto estado y Esther no presentaba ningún tipo de trauma o lesión física.
Manuel se quedó congelado mientras la situación daba un giro de 180 grados, y su expresión se fue volviendo cada vez más sombría.
¿Acaso esa caída había sido fingida por Esther? Apenas el pensamiento cruzó su mente, lo desechó por instinto.
No quería, ni podía, creerlo.
Fue entonces cuando, por fin, sus ojos se detuvieron en la mano derecha de Eliana. Estaba tan hinchada que la piel parecía a punto de reventar, con un tono violáceo alarmante; lucía deforme, como un enorme bulto magullado.
—¿Te duele? —su voz salió en un susurro involuntario.
Eliana lo miró sin rastro de emoción antes de dirigirse al oficial:
—Oficial, quiero presentar cargos contra ella por lesiones intencionales.


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